viernes, 3 de mayo de 2013

HONRAR A PADRE Y MADRE



Para los católicos, HONRAR A PADRE Y MADRE es un mandamiento, y su desobediencia es pecado. No cabe duda que los padres son los pivotes sobre los cuales descansa y se construye nuestra vida.

Heredamos no sólo las características biológicas, psíquicas y mentales de nuestros padres, sino que aprendemos de ellos sus valores, costumbres y nuestras preferencias y opiniones. Lo realmente relevante es que de esa pareja que nos creó, recibimos una impronta: absorbemos la energía emocional y mental que ellos vivían cuando nos concibieron, cuando estuvimos en el vientre materno y del momento en el cual nacimos; lo que nos hace totalmente reflejo de todo un mundo emocional, que ocurre antes de ver la luz del mundo.

Algo más significativo aún, es que a través de nuestros padres biológicos, nos conectamos con nuestros ancestros, y aunque todos estuviésemos emparentados por un origen humano común, -no descarto una múltiple procedencia del complejo y polémico homo sapiens- en la ramificación de ese árbol genealógico, nos hemos separado de muchos parientes, a quienes consideramos extraños, de otra familia.

Fácilmente podemos imaginar un gran árbol con sus ramas, ramitas, hojas y retoños, donde está la humanidad entera; incluso yo imagino varios árboles, porque creo que la humanidad de este planeta está conectada con humanidades de otros lugares del universo, a su vez unidos a un tronco común.

Según esto, podemos imaginar un camino si seguimos la huella de nuestros padres, sin mucha dificultad podríamos reconocer cómo se parece la nieta a una bisabuela, incluso podremos ver parecidos no necesariamente físicos, sino de personalidad, allí nos daremos cuenta, que vamos cargando con influencias que las visiones superficiales del siglo XVIII y XIX definían como “salto atrás”, y hoy concebimos como simples expresiones genéticas que contenemos y que se hacen presentes por mandatos de la sabiduría universal; todo lo que somos y expresamos, sigue una razón que nuestro entendimiento desconoce.

Si lo analizamos por la ciencia, diríamos que es herencia; si lo vemos desde la lógica común, diríamos que es azar, algo sin importancia; si lo vemos espiritualmente, diríamos que todos estamos conectados y nos afectan las energías de nuestros antepasados; y si lo analizamos desde la visión reencarnacionista, diríamos que somos las mismas almas del pasado que volvemos a un cuerpo físico y traemos muy claras nuestras maneras de ser del pasado.  De cualquier manera no escapamos de aquellas huellas, de aquellos recuerdos, de aquellos pensamientos, emociones, votos, sentencias, creencias, hábitos, incluso no escapamos de las aspiraciones, sueños y compulsiones que afectaron a nuestros antepasados.

No en balde somos una sociedad compleja, porque cargamos sobre los hombros, no sólo la vivencia de la vida actual sino que ante ello, reaccionamos con las referencias del pasado.

Deslastrarnos de las marcas limitantes del pasado, nos vendría bien, para ello se aplican múltiples procedimientos, como la respiración, y de ella la Terapia de Renacimiento, al menos a mí me ha ayudado mucho. El yoga y otras terapias de psicofísicas, las terapias de manejo de energías y limpieza espiritual. Las técnicas de Constelaciones Familiares, y las terapias psicológicas que últimamente plantean novedosos procesos de sanación.

Esta tarea es obligada para toda persona que desee mejorar su vida y crear una nueva perspectiva para sus descendientes, pero hemos de reconocer que los padres son piezas claves en esta liberación. 

Hay quien afirma que la relación con el padre garantiza o limita la prosperidad, y la relación con la madre es la conexión o desconexión con el amor; no lo pongo en duda, esas son las dos fuerzas que bien orientadas y equilibradas proporcionan nuestro sustento en la vida.

Aunque puedo imaginar vidas buenas en personas separadas de sus parientes consanguíneos y asimiladas a otra familia, deploro la minimización que se hace del vínculo energético de un niño con sus padres biológicos, ante lo cual se argumenta que padre o madre es quien cría; esto es lo mismo que afirmar que el bebé no tiene ninguna influencia genética de sus progenitores.

La sociedad latinoamericana padece de una seria patología, la irresponsabilidad paterna, lo cual es pandémica en las áreas populares de estos países. La ausencia de padre, tema que ya he tratado en este Blog, ha producido un síndrome social, que podemos observar en las masas con tendencias mesiánicas, compulsivas e idólatras, que creen ciegamente en promesas y se bloquean ante la realidad, muy fáciles de manipular. Una familia nutritiva y estable no proporcionaría un target apropiado a propuestas violatorias del Derecho, la Dignidad, la Honestidad y la Transparencia que se requiere de un equipo de gobierno de una nación.

Recobrar la trayectoria ancestral para sanar los bloqueos, los atascos que significan las pesadas emociones y marcas de errores severos de nuestros antepasados, es un buen mecanismo para salvar la familia presente y futura, recuperar la luz en nuestros canales comunicacionales ancestrales.

Si la Iglesia católica incluye a los padres en un mandamiento, otros enfoques espirituales y la ciencia no hacen menos. Los padres son el punto central de la familia, y del individuo; no significando con esto que no se tengan actitudes críticas ante la manera disfuncional como crecen muchos niños. 

domingo, 28 de abril de 2013

LA PALABRA PUTA



Dicen que es la profesión más antigua de la humanidad, cosa con la cual disiento, porque no es cierto que la mujer haya sido la primera en ejercer una profesión remunerada; al menos en la sociedad patriarcal y ahora machista, el hombre ha dominado el mundo de los negocios y el dinero.

A pesar de que esta palabra define a la mujer que vende su cuerpo para disfrute sexual de otro, a cambio de un pago en dinero o en especie, -lo cual es una referencia que sólo pone el enfoque en el comportamiento externo de la mujer-, esta palabra contiene un enfoque más profundo, que pone la lupa en la corrupción, en la descomposición del raciocinio que agrede lo más sagrado que tiene una mujer, su intimidad, sus órganos sexuales, creados para la función trascendental de procrear.

No en balde esta actividad femenina ha estado tan cuestionada por la sociedad, -con doble moral o con una sola-, que ha tenido los espacios más oscuros para su manifestación; sin embargo, hay historias antiguas que cuentan de actividades de prostitutas muy refinadas como la hetairas griegas, que tienen sus homólogas en otras culturas del mundo.

En reciente publicidad he leído un texto que dice algo como esto: "Nunca más despreciaré a otra mujer llamándola Puta". Esta afirmación trata de deslastrar la prostitución como insulto a la mujer, incluso afirma que en cada mujer hay una puta escondida, asunto que no discuto, puesto que es un comportamiento humano inevitablemente inscrito en el enfoque arquetípico de Jung.

No obstante, ese no es el asunto, no es excusa para ninguna mujer que escoja este comportamiento, sea cual sea su razón, que la prostitución es un arquetipo, porque si de arquetipos hablamos no terminaríamos de listarlos, y aunque la naturaleza humana posibilite la manifestación de este comportamiento, es una generalización simplista y en determinados contextos, inoperante.

El propósito de estos puntos de vista, suponen una justificación para elevar la prostitución a rango de actividad laboral reconocida legalmente, con lo cual podríamos esperar anuncios públicos de alguna empresa dedicada a estas ocupaciones. Lo irónico del asunto es que con todo ese ímpetu por formalizar en la cultura tamaño desempeño, no puedo imaginar el absurdo que sería que al considerarla una actividad económica más, las mismas mujeres que la ejerzan, o cualquiera otra, se sintiera orgullosa porque en su niñez sus hijas aspiren a ser prostitutas, como se siente una madre cuando su hija desea ser una maestra, ejecutiva, o ingeniera. No me queda más que pensar que ¡se publica cada locura!.

Sobre el argumento de que las prostitutas son trabajadoras sexuales, se ha armado toda una argumentación, que a mi modo de ver recicla aquella sentencia de que la prostitución es un mal necesario, una manera de solapar el deseo de institucionalizarla, enganchados en expresiones extrañamente feministas. Considero que si hay algo que realmente dignifica a la mujer, no es su derecho a ser una prostituta libre de la discriminación que ello conlleva, sino la libertad de escoger su manera de vivir, aún con las opiniones en contra. 

Me sorprende el interés en darle a esta actividad un rango laboral, incluso hay quienes ya las denominan trabajadoras sexuales. No me asombra que la sociedad de los actuales momentos se abra a proyectos tan sui generis, hoy podemos observar luchas en pro de las causas más inverosímiles.

Cuando estuve consciente de este término, experimenté un sentimiento de estupor, al imaginarme el estremecido mundo emocional de una mujer que tuviera la necesidad de vender su cuerpo para sobrevivir; sin embargo, no todas tienen este motivo, podía imaginar que habían mujeres que no tenían ningún prurito, incluso que podían disfrutar de esa manera de ganar dinero, y ganarlo en grandes cantidades. A lo que hago referencia es al valor que tiene el cuerpo como contenedor de creencias, pensamientos, sentimientos y emociones, además de una gran carga de hormonas, lo cual incorpora la dignidad, el respeto y la reverencia que le prodigamos a la intimidad, al sentido oculto de la vagina, a ese espacio privado que significa el inicio, asiento y la procreación de los hijos, de las nuevas generaciones.

Las religiones colocan en este aspecto el punto central de la espiritualidad, de allí las diversas doctrinas cargadas de mandamientos, sacramentos, rituales, prácticas, sentencias y tradiciones que danzan en torno a la sexualidad.

Es paradójico, pero muy comprensible, que en los últimos tiempos la palabra puta, como insulto, está adquiriendo otra aplicación, se expande a contextos diversos, es decir, no está estrictamente reservada a las prostitutas clásicas, sino a mujeres que se corrompen en cualquier ámbito de la vida, quienes trafican influencias, quien daña a cambio de satisfacciones personales, quien traiciona la confianza, quien realiza acciones fraudulentas, o en cualquier felonía que incurra una mujer; aunque una novia o esposa airada, siempre calificará de puta a la amante de su pareja, aunque la susodicha sea la más pudorosa criatura. También se señala de puta a la mujer casada que tiene relaciones extramaritales, y a las chicas que suelen manifestar tendencias promiscuas, aunque el sexo no signifique intercambio comercial.

Tal vez con esto se esté rescatando aquella expresión popular que hacía referencia a las “mujeres de la mala vida”, o “mujer mala”; no cabe duda que una mujer corrupta es una mujer muy mala, mucho peor que muchas mujeres atrapadas en la cadena de explotación sexual, que suele envenenar a la grandes ciudades del mundo.

miércoles, 10 de abril de 2013

¿POR QUÉ LA FELICIDAD NOS HACE LLORAR?

 

 En días pasados, una agradable persona que me presentó un querido amigo por correo electrónico, comentó que siempre había tenido la curiosidad de saber porqué la felicidad nos hace llorar, y aunque no se trataba de lo mismo, me hizo recordar, que cuando era niña, -muy pequeñita, tal vez de cuatro años-, sentí un ruido extraño en el cuarto de mi madre, al cual no me dejaban entrar sin permiso, pero cuando me acerqué atraída por el sonido, sentí un llanto muy bajito, me acerqué más y supe que alguien lloraba; me llené de valor y entré de repente al cuarto y allí estaba mi madre sentada al borde de la cama con las manos cubriendo su cara, llorando desconsolada.

Mi reacción fue desesperada, corrí hacia ella, la abracé por el cuello y le gritaba ¡NO, NO, NO!, y me puse a llorar con ella, así estuvimos muchísimo rato, mojándonos mutuamente, mi madre no me contestó mi desesperada pregunta, ¿qué le pasa, qué le pasa?, sólo me secaba la cara y me abrazaba.

Este recuerdo me hace saltar incontrolables chorritos de agua salada por mis mejillas, mala costumbre de los humanos, de revivir experiencias oculares, por conducto de nuestra memoria.

 Ese momento fue muy impactante para mí, yo no sabía que los adultos lloraban, veía que los niños lo hacían, por varias razones, y era natural, pero creía que los adultos eran seres superiores, capaces de controlarlo todo, como era mi padre, y que siendo el llanto un signo de debilidad, ya había sido superado por los que se habían alejado de la niñez. Tamaño engaño tenía, pues ahora creo que los adultos tienen más razones que los niños para llorar. Los adultos lloran por todo, por las tristezas y las alegrías, por las pérdidas y los logros, por las separaciones y los encuentros, por la soledad y la compañía, no hay límite.

El llanto es un proceso complejo que implica funciones biológicas, psicológicas, sociales, culturales y hasta ambientales, lo cual implica condiciones bioquímicas, creencias y aprendizajes. Sin embargo, debo aclarar que estos factores se entrelazan en todos los procesos humanos, no son exclusivos del llanto.

A estos factores, yo le agrego el factor espiritual, que también nos conmueve y hace brotar nuestras lágrimas.

Las causas del llanto entonces están ligadas a valores subjetivos dictados por las creencias que hemos adquirido, los valores y principios que nos sustentan, y a razones orgánicas, como un dolor físico o sentimental.

El llanto producido por un dolor físico depende del umbral alto o bajo que la persona tenga para resistirlo, lo cual es una condición orgánica, pero el llanto como expresión emocional está ligado a la valoración que le damos al hecho que nos lo causa.

 El asunto es que el hecho nunca lo experimentamos de manera pura, todo lo que vivimos lo asociamos con otras imágenes, otras ideas, recuerdos, que se disparan juntos, entonces podemos estar en un festejo, una graduación, lo cual debería provocarnos dicha, y resulta que de manera inconsciente, pulsan recuerdos de alguien que ya no está, un pariente que se murió, o recordamos lo difícil que fue lograr el grado, el estrés por la defensa de la tesis, las dificultades que tuvimos cuando estudiábamos y un sin fin de problemas que hacen reflejo de las cosas dolorosas que nos ocurrieron, y que condicionan la expresión emocional del evento.

Los momentos felices, las gratificaciones, las cosas agradables están contaminados con tristezas, eventos que no volverán, deseos de volver a vivir una experiencia, duelos que hacen la vida una confusión. Tal vez si sólo pensamos que las lágrimas no son exclusivas de la tristeza, sino que son desahogos de emociones intensas, lo comprenderemos mejor, especialmente porque cuando nos alegramos generamos un proceso químico que nos recorre el cuerpo hasta que explota en los ojos, el espejo del alma. Las lágrimas vienen a ser un canal de desintoxicación, quien no llora no resuelve, no suelta, no se libera.

 El llanto es expresión de un estado emocional, no importa si es de un tipo o de otro; es la cultura la que ha elaborado diferencias, en la manera de manifestar las emociones y los estados de animo. Esto se debe a que hemos acordado que cuando alguien ríe está contento, y si llora está triste, sin embargo, hay emociones placenteras que no tienen una manera propia de expresión, unas lindas palabras de un amigo, que comunican el afecto que siente por nosotros, pueden disparar muchos recuerdos, que no se volverán a vivir, lejanos en el pasado, y eso no se puede expresar sino a través de un brillo acuoso en los ojos.

martes, 2 de abril de 2013

LA SOCIEDAD HERIDA


Para la mentalidad occidental y especialmente latinoamericana, la ausencia de padre en la familia no es percibida como grave, tal vez se deba a que lo cotidiano desdibuja lo importante. La familia de estas latitudes tiene una herida profunda y no lo sabe, y en algunos sectores sociales el asunto es tan intenso que científicamente la familia no existe, debido a la descomposición social que padecen. 

En medio de una diversidad de factores, la mujer ha tenido que cubrir las faltas paternas, incluso en ciertos niveles sociales con una notable soberbia; la mujer asume todas las responsabilidades sola, al negarse a demandar el cumplimiento de los deberes del padre de sus hijos, una vez separados. Un falso orgullo que contribuye a la irresponsabilidad paterna.

Por ignorancia y como respuesta a sus propios complejos psicológicos, confunde la relación de ella y su ex pareja, con la relación del padre con su hijo; un innegable vínculo con el trastorno propio, a su vez por falta padre, con quien se desenvuelve la imagen masculina de la niña en los primeros años.

Si nos remontamos en la historia, el Padre de familia ha sido una figura representativa de sociedades muy vinculadas a tradiciones religiosas, y con sólo mencionarlo vienen a mi pensamiento los patriarcas hebreos, organizadores y custodios de la unión familiar, como centro de los acontecimientos vitales y trascendentales.

A esto se llama Patriarcado, al sistema de organización que parte de la familia y se extiende a la administración de bienes y actividades económicas, donde participan personas ajenas a la relación consanguínea; el padre es el guía, el proveedor, el que deja la herencia, el que distribuye y ordena la manera de relacionarse en lo sucesivo. De esa tradición judía deviene la moral cristiana, la cual centra en el sacramento del Matrimonio, los deberes y derechos de la pareja y los descendientes.

En Latinoamérica el jefe de familia asumido por el padre, se cimentó básicamente sobre el carácter machista de la función proveedora. Quien trae el sustento a casa es el que manda; al menos hasta la primera mitad del siglo pasado, la familia estaba gobernada por el padre, una manera de organización atada a las condiciones aún agrícolas de aquellos tiempos, aunque ya despojados del antiguo carácter patriarcal debido a la aparición del Estado. 
    
Los aires urbanísticos introdujeron cambios notables para las condiciones de la mujer, y las oportunidades de trabajo remunerado fuera de casa no se hicieron esperar. Para bien y para mal, la familia quedó herida, fracturada, el hombre fue desdibujando la responsabilidad de su papel, la mujer imitó el modelo masculino, el único que conoce como modelo exitoso, y se empieza a desencadenar un proceso multifactorial que ha hecho decir a muchos hoy, que tenemos una sociedad en crisis, la familia, la célula de la sociedad se nos quebró. 

Lo positivo del asunto es que gracias a estos cambios también tuvimos acceso a estudios de alto nivel y hoy contamos con notables expertos que pulsan la realidad psicosocial. Sabemos la relevancia que tiene promover la salud emocional de los hijos, y esto está ligado a la presencia nutritiva del padre y la madre. 

En la cultura latinoamericana, específicamente en Venezuela, el asunto es realmente dramático, debido a la ausencia o mórbida presencia del hombre en las relaciones de familia. El drama a que hago referencia se debe a la baja calidad de la formación y equilibrio del hombre latinoamericano para dirigir una familia. Varios factores han creado un síndrome personal que se hace social por su incidencia: La falta de padre, aunque yo sería más específica: LA FALTA DE BUEN PADRE.

Aún evitando lugares comunes, debo señalar que nuestro origen cultural es el factor fundamental de nuestra realidad actual, múltiples factores asociados al choque de tres culturas: desarraigadas la europea y la africana, y destruida la autóctona, no se podría esperar una organización familiar sólida y estable. No tenemos una tradición ancestral, carecemos de una referencia constructiva que nos identifique, tal vez por eso somos tan olvidadizos, no tenemos qué recordar, ni queremos hacerlo. 

Alguien dijo que nos mueve una motivación presentista o pragmática, nos es difícil planear al largo plazo; otro dijo: “sufrimos del Complejo de Adán”, siempre arrancando desde cero, creyéndonos los primeros, los pioneros, por eso no consolidamos proyectos iniciados por otros. Vamos en un continuo derrumbar y empezar, como ha sido nuestra intermitente o interrumpida historia política.    

Hoy sorprende como la fuerza del machismo, expresada en todos los ámbitos de la vida nacional, el abandono voluntario, el alcoholismo y la violencia doméstica, la desdibujada referencia religiosa, la deficiente responsabilidad civil, la escasa formación profesional y especialmente la ausencia de una ética personal, son los efectos de la falta de un buen padre: de un orientador calificado.

Un día, cuando estudiaba en la UCV, me sorprendió una afirmación que hacían unas líderes feministas, cuando acusaban a la madre del machismo de sus hijos, ya que era ella y sólo ella la que los criaba. Yo me resistí a creer eso, un argumento por demás machista, buscaba a alguien a quien llevar a la horca, y allí estaba la mujer para oír los desplantes de otras mujeres que las acusaban de mantenedoras del status quo, sobraban razones para percibir un discurso ideológico en aquellas agresiones. 

No obstante, la vida y el destino de la mujer están unidos al hombre, y la cultura los envuelve de la misma manera, por ello el origen de la irresponsabilidad paterna la veía, más relacionada con la falta de identidad del varón con un proyecto grupal y nacional vinculado a un valor sobre su descendencia, el valor de su linaje; cosa que poco trajeron, muchos de los españoles en el siglo XVI, cuando llegaron solos, aventurando, masacrando, violando mujeres indígenas, africanas y hasta españolas, carentes de una filosofía de vida, de una referencia trascendente, y teniendo en sus manos el poder político y económico, o la libertad que tiene un hombre sin tener a quien cuidar.

En la actualidad, la ausencia de un buen padre de familia, ha conducido a que los hijos sean criados por la madre, quien asume equivocadamente que ella es padre y madre, cuando no es lo uno ni lo otro. Que la madre asuma la paternidad es imposible, a lo sumo llega a concretarse en el papel de proveedora, y asumir la maternidad reducida a escasos momentos del día, lo cual deja mal parada su efectividad. Argumentar que su función tiene calidad y no cantidad, es autoengaño, un invento para acallar la culpa, aunque reconozco que hay heroínas que lo logran, especialmente cuando tienen la sensibilidad y la humildad de informarse adecuadamente, para ejercer su desempeño. La salida de la mujer al campo laboral fuera de casa contribuyó a dejar la formación de los hijos en manos de niñeras no calificadas, y ahora en manos de empleadas de guarderías.

Esta prevalencia del papel “padre-madre” de la mujer, ha hecho concebir una garrafalada cuando afirma que la sociedad venezolana es matriarcal. El matriarcado sería el dominio de la figura femenina en la conducción familiar y social, incluyendo al hombre, pero tomar las riendas de la familia en ausencia del hombre no es matriarcado, es desorden familiar. Recuerdo una ocasión cuando una amiga divorciada, argumentaba muy enojada, que su hijo no tenía ninguna influencia de su padre porque se divorció cuando éste tenía un año, yo le repliqué que precisamente por no haber estado presente, el padre había dejado una gran influencia, en este caso, un gran vacío. 

El tema laboral de la mujer, a lo cual tiene derecho, no hubiese sido tan problemático para los hijos, de contar con una pareja comprometida con la familia que estaban formando, como se observa hoy en las parejas divorciadas que asumen con responsabilidad la formación integral de sus descendientes.  

Los fenómenos psicosociales en general, que se producen en la cultura latinoamericana están atados a esta historia, y son terriblemente manifiestos cuando se trata de manipulaciones populistas, donde se ponen de relieve las carencias afectivas y por ende el mesianismo, la reivindicación social, la referencia de una figura masculina protectora, de la cual se ha carecido por cinco siglos; muy poco tiempo para haberlo superado, sin contar con los sucesivos desajustes sociales que han impedido una adecuada formación social.

La necesidad de padre, es para el venezolano una actitud natural, aunque hay sus excepciones; la figura masculina que representa esta autoridad, es deseada o soñada como protectora, heroica, dulce, solidaria, comprensiva, confiable, simpática, accesible, cualidades que han brillado por su ausencia en la vida de los niños que hemos sido. 

Tener un “Padre de la patria” y un “Padre de la democracia”, no revela la cuantía de la carencia paternal venezolana, porque éstas son expresiones universales; donde se manifiesta realmente este síndrome, es en la identificación fanática, casi posesa, con figuras políticas que emergen con un discurso reivindicador de derechos, y el más sensible de los temas colectivos: la pobreza. Porque hay una pobreza afectiva alargada por generaciones, una carencia de continuidad, un sentimiento de víctima, que sustentan estos fanatismos.

Una buena idea sería estructurar caminos para la instauración de un sistema de valores en apoyo a la familia, la pareja y los hijos, basado en un análisis crítico de la historia familiar venezolana; eso contribuiría a generar una liberación de las ataduras y chantajes emocionales que nos hacemos nosotros mismos. Abundan los estudios científicos con sustanciales hallazgos sobre los efectos de la falta de Padre, con mayúsculas, individuos carentes, desajustados y casi desahuciados para la vida. 

Es inquietante ver como ahora el conocimiento médico se presta al negocio de la producción en serie de hijos sin padre, que hoy están promoviendo las mujeres que desean hijos, y desean sólo una gota de semen de un donador; una manera segura de negarle de antemano el derecho del hijo a conocer a su progenitor. Nadie piensa en el ser que va a resultar de esta negociación, el embrión es cosificado en el formato de un proyecto médico y personal, muy de moda en el ámbito de mujeres que no quieren una pareja sino un hijo, entre ellas, ejecutivas, artistas o cualquiera otra que lo pueda financiar.

Está suficientemente registrado, la cantidad de embriones abandonados que resultan de proyectos de parejas con problemas de fertilidad, una vez que éstas decidieron separarse antes de la implantación de los embriones; lo mismo sucede con negociaciones de mujeres que alquilan sus vientres a parejas que desean hijos, si sólo ocurre alguna desavenencia o la pareja se divorcia, aquel no nato queda huérfano por cambio de planes. La procreación parece un juego de gustos y disgustos. 

Ante estas condiciones, que han transformado lo que entendíamos como familia, podemos tener la tentación de afirmar que esta institución está pasando por procesos irreversibles y augurar una nueva manera de relacionarnos en el futuro. La verdad es que no siento que los humanos estemos en condiciones de estructurar nuevas maneras que satisfagan el orden emocional como lo hace un grupo tan vital como la familia, dirigida por una pareja responsable, incluso ya existen experiencias en diversidad de formas de relacionarse en pareja que han conducido al fracaso; matrimonios libres, comunas, convivencias colectivas, el poliamor, las cuales desdibujan el línea paterna y materna y confunde inevitablemente al niño.  

Es paradójico que siendo la sociedad tan sobrada y notoriamente masculina, sea precisamente la figura masculina la que está ausente en la familia, el centro generador del fenómeno social. Hoy vemos con estupor la manifestaciones más extremas de la insanía emocional de quienes ejercen funciones públicas, atrapados en delirios insospechados y aplaudidos sin remedio, por masas posesas del mismo mal.

Negar el análisis histórico por pertenecer al pasado es un error, desconocer el origen del problema desubica el presente, y aunque la madurez de una persona no se mide por la historia de una cultura, no podemos desconocer que ésta, arrastra la causa de una sociedad de huérfanos con padres vivos.  Hace tiempo que fue la hora, de que el hombre planifique y se ocupe de sus hijos, y deje de ser sólo padrote, y que las mujeres despierten, antes de que la regla les falte.

jueves, 7 de marzo de 2013

LA MUERTE. La vida es un tiempo que Dios nos da para que construyamos nuestra manera de morir.


Cobra atención el deceso de alguien, especialmente cuando se trata de un personaje público y además polémico; en este caso las reacciones se multiplican, puesto que se mezclan las razones, las emociones y el fanatismo.

Qué dolor tan grande sentí cuando supe que Freddy Mercury había sucumbido ante una enfermedad tan cruel y desconocida hasta entonces, y de paso con un estigma tan brutal: Cáncer gay.

La ciencia y la religión unidas en una definición acusadora, que causaba el desplome de una persona tan linda como Freddy, talentosa, que nos había regalado su voz, su arte y su presencia aunque no nos conociera. Dolor intenso por perder la fuente de una vocación por la belleza y por dar su música a quien como yo, no tuve acceso a sus conciertos. Pero la muerte es así, llega cuando tiene que llegar, seguro que Dios quería un buen concierto en el cielo.

En mi experiencia personal, la verdad es que no he visto morir a nadie, a pesar de que estuve en casa de mi madre cuando se fue, pero no resistía estar oyendo su respiración entrecortada; puedo afirmar que cuando eso ocurre a un ser tan amado, es “el crujir de dientes”, del cual habla Jesús. El fin del mundo llega cuando menos nos percatamos, a través de la separación afectiva.

Pero hay muchas muertes en nuestras vidas, muertecitas, que se expresan cuando salimos de un trabajo sin quererlo, cuando nos quedamos desempleados y el mundo se nos viene abajo junto a hijos pequeños, cuando perdemos la vivienda y nos quedamos en la calle, cuando sobreviene una enfermedad, un accidente, un asalto, cuando se plantea un divorcio, y muchas otras maneras de morir, sin dejar de respirar.

Esas muertecitas hacen un gran peñasco, y depende de nosotros saberlo disminuir, si cargamos con él nos pesa de tal manera que nos debilita y nos impide seguir, pero si lo vamos aminorando, podemos aligerar la carga y seguir viviendo, si se quiere sanos.

Es notable que en una sociedad católica, digamos, creyente de un más allá donde todos iremos al morir, la muerte detenga los sentimientos adversos que habían cuando la persona en cuestión estaba viva; la gente parece no querer meterse en profundidades  y calla, es natural, la muerte convoca al silencio.

Se trata de algo que se ha dado a conocer como El temor de Dios, el reconocimiento de que somos parte de un designio todopoderoso que nos pide cuentas cuando menos lo esperamos, y ese momento es la antesala de la muerte.

Hemos figurado muchas escenas al respecto, incluso serios argumentos científicos, -porque hay argumentos científicos que no lo son- han llegado a la conclusión de que existe vida después de la muerte y que a cada proceso de muerte hay un proceso de reflexión, revisión de lo hecho en la vida, lo cual causa un inmenso dolor, el dolor del arrepentimiento, de haber hecho cosas indebidas, y lo indebido pasa por haber causado daño a otros.

Otros arrepentimientos circulan por el dolor de habernos abstenido de ser felices, por habernos impuesto tareas desmesuradas, por haber abusado de nosotros mismos. Sin contar con el impacto moral que puede causar un evento deshonesto; el asunto es que cuando estamos disfrutando de la vida, o cuando incluso estamos en un grave problema, podemos caer en la tentación inmediatista de disfrutar un beneficio sin merecerlo.  

Es por ello que el temor que podemos desarrollar ante una encrucijada mortal, nos debe pasear por la obligatoriedad de sustentarlo en un temor diario a la vida, un temor a no ser justos, a engañar, a obtener ventajas de las debilidades ajenas, de aprovecharnos de las oportunidades institucionales, de evadir nuestros deberes, de ser indolentes ante la vida ajena, de ser deshonestos, y definitivamente, de sembrar malas semillas, que darán los frutos inevitables de una cosecha sólo nuestra.

Quien no siente ese temor vital, se resbala inevitablemente por el vacío de su propio destino, y no es culpa de nadie sino de sí mismo. Ante la muerte vale el silencio y la presencia, pero la muerte por sí misma no reivindica a nadie, la muerte es sólo un fin de tiempo, un basta de vida, y tendríamos que estar bien con la vida, porque todos morimos de la misma manera como vivimos, es simple matemática. La vida es un tiempo que Dios nos da para que construyamos nuestra manera de morir.

Ante esto, podemos concluir que las dolencias y padecimientos de salud, son las maneras arquetípicas en las cuales se desencadenan nuestras miserias, y que al ser así no nos queda más que sanarnos y volvernos a sanar, evitar principalmente el cultivo de emociones que nos desgasten, antes llamadas negativas, pero que su negatividad surge cuando se instalan a destiempo; llorar por la pérdida de un ser querido es positivo, pero quedarse llorando más del tiempo necesario es negativo.

Mantener recuerdos dolorosos, rencores, odios, deseos de venganza, no cabe duda que conduce a una morbilidad segura, de allí la sabia recomendación de resolver los asuntos pendientes, para sentir en vida la tranquilidad que va a sembrar el camino que conducirá al final de nuestros días.

Ante lo trascendental del tema de la vida y la muerte, nos quedamos consternados por la infinita pequeñez del ser humano ante un evento tan misterioso y un espacio exclusivo de Dios. Sólo Dios nos sustenta en este tránsito, pero ello depende de si nosotros lo hemos sustentado en nuestro corazón, y no es que Dios nos abandona, somos nosotros quienes lo abandonamos.   

miércoles, 27 de febrero de 2013

LA MAGIA DE LA PALABRA


"Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza;…”Génesis 1:26

Todos podemos estar de acuerdo con la gran complejidad que implica nuestra condición humana, y cuestionar la palabra sagrada predominante de nuestra cultura y la de otras culturas, sin embargo, el don de la palabra es sin duda, una habilidad no sólo comunicativa sino esencial, movilizadora de acciones.

Para muchos, y en esto me extiendo al mundo, en cuyo caso son millones, la palabra pronunciada, encierra un secreto vital, lo que decimos convoca su ejecución, por ello los hindúes se cuidan de pronunciar sus miedos, porque son decretos que se hacen realidad. No obstante, hay quienes no le dan ningún valor, y sólo la respetan si está escrita, extraña manera de dividir la realidad.

La Programación Neurolingüistica, nos previene de cuidar nuestro pensamiento porque que se convierte en palabra, y la palabra en destino; esto ha favorecido el desarrollo personal. Quien lo contradice es porque no lo ha querido comprobar.

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Génesis 1:1 

Con la fuerza del verbo se hizo el mundo, el sonido, las notas musicales, la vibración de la voz, la sentencia divina, como lo querramos imaginar, se creó un impacto estelar, como cuando saltan los critales por efecto de un tono específico y sostenido de la voz, un big bang en miniatura.    

La palabra es una llave que abre o cierra procesos, que libera o aprisiona, porque la palabra no es sólo lo que se dice sino lo que se oculta, hay palabras que en el silencio gritan tan alto que se escuchan. Un secreto es una punzada directa al corazón, es la alternativa de quienes se ven prisioneros de sus desgracias, de estar en el lugar, en el momento y con las personas equivocadas, o más bien, con sus verdugos. 

Dicen que las palabras se las lleva el viento, y es muy cierto, me imagino una sopa de palabras en el aire, chocando unas con otras, arremolinándose en grupitos, rechazándose por idiomas, ordenándose por ideas, me las imagino con manitas extendidas alcanzándose en la distancia, hasta formar una idea, para luego venir en una dirección inequívoca, la cabeza de quien las pronunció, como goomerang propicio, para regalarle a su creador el producto que les dió vida. Esto lo recoge la sabiduría popular cuando dice: "El que escupe para arriba en la cara le cae".

Hay palabras engañosas, manipuladoras, que adormecen y logran beneficios de los engañados, y también hay palabras que desengañan, verdades dolorosas que nos hacen perder la confianza y la esperanza.

Hay palabras dulces, dichas desde el corazón, verdades que expresan sentimientos, y que se suelen conservar como tesoros en estuche.

Hay mentiras piadosas, que tienen la virtud de salvar la integridad de alguien en un momento crucial. Por eso su uso sólo es propicio en momentos o situaciones muy especiales. Me viene a la memoria la escena de la película: “Zorba, el griego”, cuando Zorba (Anthony Quinn) atendía a Hortensia (Lila Petrova), en su tránsito moribundo. Sin embargo, las mentiras piadosas a veces son usadas como excusa para esconder irresponsabilidad.   

La palabra también es un valor, cuando se usa para expresar honestidad, quien cumple su palabra es un caballero, o una dama, como se usa indistintamente para declarar la nobleza de hombres y mujeres.

Hay palabras que salen de la boca de manera incontinente, expresión de locura y desliz, muy frecuente en totalitarismos desquiciados.

Hay palabras puras, pronunciadas en la infancia, voces de niños que nos alegran la vida.

Hay palabras vacías, que no dicen absolutamente nada, palabras que no tienen respaldo emocional, que se usan como elástica que mantiene vínculos formales.

Hay palabras que despiertan conciencia, letras de canciones, poesías que estremecen, ideas leídas en buenos libros, como dice la conseja, tiempo enriquecido para el lector, nutriente que perdura hasta generaciones.  

Hay palabras que matan y palabras que reviven, palabras que animan y palabras que quiebran, palabras de renuncia y palabras de compromiso, palabras oportunas y palabras a destiempo. 

Hay palabras que regulan, leyes obligadas, palabras que sentencian inocentes, dictámenes de condenas que ajustician sin razón.  

Hay palabras vibrantes, que sólo se expresan con gritos, son las que exclaman los oprimidos, los enojados, los injuriados, y hoy los indignados.

También hay “malas palabras”, sentenciadas por vulgares, que siempre agreden y que lucen muy mal en boca de cualquiera; sin embargo, hay momentos en los cuales son efectivas para expresar la fuerza que se anida en el interior, y terminan por explotar en la garganta del afectado.

Hay palabras inoportunas, que estremecen sin sentido, y al pronunciarse ya no se pueden borrar, porque las palabras que tienen significado emocional quedan en la memoria.

La palabra, don que nos diferencia de las demás especies, es un brazo de nuestra condición de seres con capacidad de raciocinio, es sólo un ejercicio de crecimiento, para mostrarnos nuestras fallas y aciertos, nuestros impulsos y pasividades, nuestras sinceridades y omisiones, por ello, para que sean productivas deben sustentarse sobre cuatro pilares: la necesidad o utilidad, la oportunidad, el interlocutor y la honestidad.

Miguel Ruiz nos aconseja que seamos pulcros con la palabra, por muy sabias razones.

domingo, 24 de febrero de 2013

DE CÓMO MAMAJI ENDURECIÓ SU CORAZÓN

Shaila creció en un hogar que guardaba las tradiciones, era una joven brillante, hacedora de todas las artes dadas a la mujer india de casta, alegre, dispuesta, enérgica y vivaz; querida por sus padres, ordenada, pulcra y graciosa.

Ya cercana a su adolescencia, la familia se dispuso a realizar los trámites para encontrarle el mejor marido que fuese posible, el gurú cercano a la familia, se encargó del asunto, y pronto tenían al candidato. Se trataba de un proceso delicado, había que demostrar altura, pero no tanta, a fin de evitar que se afincaran en la dote que el padre de Shaila debía proporcionar a la familia del novio.

Fueron momentos tensos, la visita, conocer a los miembros de la familia, mientras ella permanecía callada, sólo dispuesta a pronunciar palabra si fuera interrogada. Su corazón estaba apretado, presentía que este acto no conduciría a su felicidad, pero no podía oponerse, los adultos tenían la palabra y los ancianos la decisión, era conveniente comprometer a los hijos muy jóvenes, para que no se distraigan y se entusiasmen con otras ideas, las que vienen del extranjero. Pero Shaila era aún muy jovencita, podían esperar para realizar el casamiento.

Un día de paseo a la luz del sol y de alegres cantos de pajaritos, Shaila conoció a un joven que robó su corazón; aunque era compatible con su casta, ella ya estaba comprometida, y ese pacto familiar era indisoluble. Se encontraba en una situación bastante delicada. No obstante, salía a escondidas para verse con su amado, y ya, cuando se aproximaba la fecha de su boda contractual, huye de su casa con su amado.

La familia queda petrificada ante la noticia, sin embargo, los hombres de la familia salen en su cacería, y logran dar con ellos, ella, al verse acorralada y por temor a que maten a su amado, decide regresar a casa y someterse al designio de su destino, escrito y ejecutado por los jefes de la familia, vehementemente apegados a la tradición.

Su amado fue castigado por tal desobediencia, expulsado de su casta Brahman, la cual reconquista posteriormente, después de mucho sufrimiento por quedar exiliado tanto tiempo. Ella se casa con el marido convencional, después de momentos angustiosos propios de una mujer embarazada, ya llevaba en su vientre el fruto de su amor contrariado.

Nadie se percata de lo sucedido, y el marido asume una paternidad inmediata y celebra el anuncio de la llegada de un hijo que desea varón, premio añorado por las parejas, y consagrado por los Dioses a quien tuviera merecimiento.

Cuando nace un varón, la madre es más apreciada por sus suegros, y los padres se sienten orgullosos de tal felicidad. Pero Shaila se siente prisionera, traicionada, superada por su debilidad femenina y por la rígida disciplina hindú. Bulle en sus venas, el reconcomio de su prisión y la humillación de su contrariedad, la luz de sus pupilas se van haciendo opacas, y su cara asume un rictus desagradable, recalcitrante, altivo e indolente.

El destino le reserva un mal mayor, su marido muere antes del parto, razón por la cual no puede tirarse a la pira con su cadáver, y emprende la vida estigmatizada de las viudas indias, a quienes es negado todo derecho a herencia, les ordenan vestirse de blanco, raparse la cabeza al momento de la muerte del marido, y cambiar la señal de la frente; señas con las cuales la identificará la sociedad.

El nacimiento de un varón mejora su condición, como no se puede volver a casar no tiene más hijos, sólo el que la naturaleza le concedió antes de su matrimonio y que ocupa el rango de primogénito de su marido, con los derechos materiales de la heredad.

Ya pasados muchos años, casi en la ancianidad, Shaila tiene una nuera con tres hijos varones y tres hembras, habita una gran mansión, donde también vive su cuñado, y ahora, las esposas de sus nietos. Es una mujer dura, amargada, odiosa, pesada, sólo habla para agredir, cuestionar y descalificar a su nuera, a quien siempre acusa de ser culpable de los desvaríos de sus hijos, quienes buscan caminos alternativos para zafarse de los designios de la tradición.

Tanto Shaila como su amado, sufrieron los embates de las decisiones de la familia y de la casta, ella lo sufrió día a día, toda una vida como viuda, y él dedicándose a su recuperación, en cuyo proceso se puso en contacto con la gente paria de la India, los dalits, los que recogen el estiércol humano en las calles y lavan los baños y suciedades de las castas.

Él se siente a estas alturas, un hombre sabio, de carácter, defensor de la igualdad de la sociedad india y con ello protector de los dalits. Su vida la dedicó a superarse, a rescatarse y su carácter ha forjado una claridad y un criterio de justicia bastante notable, ella en cambio, es la personificación de la amargura.

No cabe duda que por quedar viuda tan prematuramente, la vida de Shaila ha sido un castigo, a su modo de ver, así lo considera, y ya en la vejez, al reencontrase con aquel remoto amor, no deja de apuntar hacia él con las más duras expresiones y la más fría proyección de sus sentimientos. Ella llevó la parte más dura del destino que correspondía a los dos, sin embargo, este sabio no entiende el porqué de su actitud, porque tampoco sabe que ella tuvo un hijo suyo.

Tal vez una nueva huida hubiera salvado a Shaila, pero esto no se planteó, la familia fue más fuerte, y su amado se rindió ante su impotencia de cambiar la situación.

Cabe notar que este fenómeno es universal o arquetípico, el ocultamiento de la paternidad de un hijo en camino; violaciones de las normas sagradas y convencionales que seguirán siendo motivo de los secretos bien guardados independientemente de la sociedad, cultura o casta.

En la sociedad occidental no ha habido menos rigidez en las estructuras morales y religiosas, a mediados del siglo pasado, se comienza a sentir una liberación tímida que luego se abrió a mucha amplitud, y que hoy se considera como logros de libertad y discernimiento.
      
Llama la atención que las personas que han tenido la audacia de transgredir normas, porque han seguido los dictados de su corazón, y son sometidas a los rigores de sus jueces, se convierten en los mayores defensores de las leyes que los castigaron. Una reacción que parece nacer del deseo de venganza, dirigido equivocadamente hacia quienes también desean liberarse de los rigores tradicionalistas. Son verdaderos baluartes de la continuidad de los valores ancestrales y se erigen en obstáculos insalvables para las nuevas generaciones.

Todos podemos estar de acuerdo, que endurecer el corazón cuesta mucho, así como ablandarlo, ambos propósitos forman parte de un proceso emocional muy complejo. Es cuando el dolor, en lugar de ayudar a comprender la indefensión de los innovadores, se pliega hacia el reforzamiento de la rigurosidad.

Tal vez someterse a la voluntad ajena, crea un odio tan poderoso, que en lo sucesivo se desea estar plantado en el papel del opresor. Esto mismo se observa en el personaje fuerte de la película “Como agua para chocolate”, quien sufrió la renuncia de un amor prohibido, desde su estado de casada, y vuelca sobre su hija menor un despotismo y un destino castrador.

Juzguen suavemente a la gente muy rigurosa, excesivamente pulcra, arraigadamente moralista, totalmente criticona, locamente enjuiciadora, porque oculta algo, con ello sólo reflejan el trauma de su propia mancha, la tortura de un pasado frustrado. 

Este relato está inspirado en la historia que presenta la genial producción brasilera de O Globo: “India, una historia de amor”.