martes, 2 de julio de 2013

LA MALDAD, EN RETROSPECTIVA



La maldad es un asunto del que todas las personas tienen experiencia, aunque no lo sepamos definir; al parecer la primera aproximación al tema se hizo a través de los enfoques religiosos, y la moral de los pueblos, impuesta por quienes detentaban el poder.

Cuando niña percibí que habían personas malas y personas buenas, y la concepción que aprendí de tales comportamientos, era de una profunda conciencia de los buenos, y una inadecuada índole de los malvados; como si se tratara de un asunto volitivo, asumía en los malos un problema de decisión personal, de hacer daño a los demás, con o sin logro de beneficios, y en este caso, percibía que la envidia era una de la motivaciones más poderosas. Ello condujo a mis padres a mantener una disciplina muy rigurosa en nuestro sistema de vida familiar, donde nuestro hogar era casi impenetrable, una barrera infranqueable nos separaba del vecindario, una barrera marcada por un modo de relaciones cortés pero distante, solidario pero inconmovible.

El mundo de afuera era extraño, peligroso e inseguro, sólo tocado por las actividades laborales de mis padres, mis estudios y la relaciones estrechas con personas de absoluta confianza. Mi padre, hijo menor, con seis hermanos, y con duras experiencias familiares, conoció en su seno esa indeseable naturaleza, lo cual lo hizo emigrar de su pueblo, alejarse de la influencia local y convertirse en un extremo controlador de nuestra formación moral; mi madre, habiendo sabido que entre la cara y el corazón hay una diferencia crucial, fue muy celosa de nuestra seguridad y formación ética.

Gracias a ese cerco materno-paternal, estuve fuera del alcance de episodios traumáticos, que más tarde constaté le ocurrieron a otras niñas de mi generación y vecindario, quienes vivían bajo un concepto familiar ampliado, donde las casas mantenían sus puertas abiertas todo el día, manteniendo un continuum entre la calle y el hogar, donde el mundo social invadía los espacios privados.

En aquellos años cincuenta, cuando en la Radio predominaba la música romántica, con un fuerte contenido pasional, con letras que marcaban una época de gran sufrimiento por el deseo frustrado de sentirse amado, y cuando el rechazo era descrito como simple maldad, la familia constituía el único canalizador de capacidades ante la sociedad.

El mundo de las personas estaba centrado en encontrar el amor, por ello, los amores contrariados, las traiciones y abandonos en las relaciones de pareja, marcaban un ámbito de peligro para quien se aproximaba a la adultez, sobraban las advertencias sobre los “hombres malos” y las “mujeres perdidas”, era un fenómeno viral en aquellos tiempos, como hoy lo es el acoso por Internet. La sociedad rural de aquellos años predominaba en sus esencias machista, religiosa y moral.

Las canciones eran un medio para expresar esos dolores, esas tragedias, y servían de lección a la población joven, siempre en peligro de encontrarse con algún(a) depredador(a). Genaro Salinas nos canta:
TRAICIONERA

Ay, tienes alma de quimera
Lo que más me desespera
es saber que no me quieres
y me dejas que te quiera

Ay, eres mala y traicionera
Tienes corazón de piedra
porque sabes que me muero
y me dejas que me muera

Me miras y tu mirada
se mete dentro, dentro del alma
Te miro, y en mi mirada
te está implorando mi corazón


No cabe duda que este texto está describiendo a una psicópata, un ser que saca provecho del otro, o disfruta de su sufrimiento sin sentir la más mínima afección; pero en aquellos tiempos, era percibida como una persona mala, con corazón de piedra. Se creía que eran seres demoníacos, capaces de los daños más crueles que se puedan hacer en el ámbito afectivo, moral y material.

Hoy pensamos igual, porque independientemente de que el mal provenga de una entidad externa, o que sea parte de la naturaleza humana, funciona con una fuerza idéntica, y aunque hay quienes argumentan que el bien y el mal no existen, porque son expresiones relativas, sólo calificadas desde nuestra subjetividad, no cabe duda que es un éxito reconocer el mal extremo que puede causar un psicópata, y en este caso,  más vale que no nos encontremos con ellos. Por otra parte, la fuerte teoría de la existencia de intra y extraterrestres, hace que nuestras convicciones lógicas se debiliten, especialmente porque no hemos de confiar sólo en lo que percibe nuestro limitado sentido de la vista… Nunca se sabe.  

El dolor por la separación amorosa sigue siendo fuente de inspiración musical, porque el ser humano sigue sintiendo profundamente. En esta obra musical, Pearl Jam, nos eriza la piel:


Mi llegada a la universidad marcó un cambio ambiental y cultural, una ampliación de muchos criterios; conocer las bases de la psicología fue de gran asombro, pues el hecho de que cada persona posee en su interior potencialidades de maldad y de bondad, me situó ante un problema muy complejo. Derrumbar la idea de que el mal emergía de entidades demoníacas y que el bien procedía de seres angélicos, me dio una gran claridad, pero a su vez me puso de frente a una situación más aguda, con el cual nos debatimos toda la vida, las relaciones humanas. Asumir que la psiquis es un mundo de contenidos aún no bien determinado, porque incluso hoy, sus contenidos están oscuros, dio al traste con el carácter sobrenatural que había asumido. Inocente de mí, habían muchos argumentos que me explicaban el delito, tanto desde la sociología como de la psicología.

Hoy, con una perspectiva aún más amplia, hemos sabido que la maleficencia y la beneficencia forman parte de un entramado psíquico, psicológico, orgánico, social y espiritual, que nos ayuda a superarnos, a crecer; sin embrago, en el mal hay extremos indeseables que nos hacen palidecer, el horror de la guerra y de los más atroces delitos contra la vida y su dignidad, causados por personalidades dañinas.

Sobre este tema, hemos tenido los aportes del pensamiento oriental; en una serie brasileña sobre la cultura hindú, uno de los personajes protagónicos le dice a su hijo:

“El mal y el bien deben estar siempre juntos, para que el hombre pueda escoger, y el campo de batalla donde luchan el bien y el mal es en la mente humana”. Shankar   

Del enfoque maniqueo a la verdad, aunque con la idea cierta de que la conciencia o capacidad de reflexión humana hace la diferencia entre esos dos extremos; estar, sentir, y vivir en este mundo nos reta a protagonizar nuestra lucha interna y relacionarnos a su vez, con la lucha que hacen los demás.

En el ámbito colectivo, el uso de la fuerza física y el poderío armamentista, fueron las ventajas que tenían las fuerzas dominantes del pasado. Hoy, radica en el dominio de la tecnología y la inteligencia estratégica en lo político y económico, amparado en el anonimato más férreo, aunque se les vean las caras; nadie conoce exactamente los proyectos, alianzas y negociaciones de los poderosos para sacar provecho de la sociedad, aunque de vez en cuando tengamos noticia de ello.

En el ámbito personal, la sociedad occidental era dominada en el pasado por el discurso religioso y moral, centrado en la familia y en el ejercicio del poder. Hoy, la persona ha asumido la razón y el pragmatismo en las relaciones humanas, con un alarmante incremento del maltrato doméstico, que al parecer está repuntando delitos que han puesto en picada el papel rector de la familia contemporánea, bastante herida ya por la post modernidad.

Al parecer, está despuntando una especie de estilo de vida individual, más auto-determinado, que rebasa los límites del grupo de pertenencia consanguíneo, para alcanzar vínculos globales. Entre otras manifestaciones, esta tendencia la está marcando el enfoque ecológico de muchas organizaciones independientes, y el inminente crecimiento de planteamientos filosóficos centrados en la conciencia. Se están desmantelando tabúes del pasado, con el apareamiento devastador del uso irrestricto de nuevas tecnologías de información y comunicación, es decir, hay una tendencia renovadora en medio del caos, lo cual sugiere una polarización de la población.

Si antes habían víctimas y victimarios, malos y buenos, ahora tendemos a ser personas conscientes o inconscientes, informados o desinformados, responsables o irresponsables, otras categorías que incluyen la capacidad autocrítica. 

Si antes las relaciones humanas eran fuente de dolor o felicidad, atadas a las relaciones interpersonales cara a cara, hoy las personas están carentes de un vínculo profundo con el otro, hay al parecer un vuelco hacia sí mismo, en medio de un sin fin de estímulos provenientes de océanos de información, que apenas se pueden asimilar. Ello ha dado paso a sentimientos de soledad, depresión y crecientes anomalías emocionales y corporales, propias de estos tiempos, lo cual está reclamando un reenfoque: que la lucha que se da en la mente entre el bien y el mal sea atendida por nosotros, que sea de nuestro cuidado, para detentar un empoderamiento de la conciencia trascendente del ser. Así lo veo yo.

jueves, 27 de junio de 2013

PSICÓPATA


Cuando oímos esta palabra, lo primero que pensamos es en un asesino en serie; no obstante, el crimen no es su único ámbito de acción, tal vez es un amigo cínico que no se conmueve ante nada, o se trata de un médico de confianza, un experto en su especialidad que ejecuta su profesión a cabalidad, y que en determinado momento realiza un acto que sorprende, porque su personalidad lo impele al narcisismo, la manipulación con el poder que le proporciona su autoridad científica. He conocido y padecido los engaños de alguien así, y créanlo, no es cualquier cosa ser el blanco de sus perversiones. 

No hay consenso sobre el porcentaje de personas psicopáticas que existen, pero los tenemos muy cerca, sólo que no lo sabemos, incluso muchos de ellos mismos no lo saben, porque su condición es desapercibida por los demás, y no reciben noticia de los comportamientos que los identifican. Hay estadísticas que señalan porcentajes entre el 1% al 6% de la población. Se observa más en los hombres que en las mujeres, pero es una condición que puede expresar ambos sexos.

La psicopatía es una condición, no una enfermedad mental, es un trastorno de la personalidad, instalada en la estructura psicológica de la persona, inamovible. Está definida por una total falta de empatía, exagerado egocentrismo, manipulación, engaño, seducción, dominio, narcisismo; la persona no desarrolla la compasión y carece de la capacidad de identificarse con las emociones ajenas, porque no las siente en sí mismo, es ajeno a la solidaridad, aunque puede aparentarlo, con una extraordinaria capacidad histriónica. Puede decirse que tienen corazón de piedra… Con el perdón de las piedras, porque … Nunca se sabe.

Esto nos lleva al hecho de que tampoco sienten culpa, proceso mental que a cualquier persona llevaría a la reflexión y al arrepentimiento; y por supuesto, no experimentan lealtad hacia nadie, aunque los que no están impelidos por el crimen, pueden acoplarse al mundo, hasta que algún estímulo los despierte. Lo fundamental es que de alguna manera ejercerán su condición, como mínimo siendo indiferentes ante el dolor ajeno.

Tal condición no exime a que una persona con esta estructura sienta emociones, por supuesto, siente la satisfacción de alcanzar beneficios materiales y emocionales cuando logra sus objetivos. Un asesino en serie de esta categoría, se estremece ante su propia crueldad, lo cual ha sido referido como una gran excitación sexual, una felicidad muy grande, o el empoderamiento de un absoluto control sobre el otro, o sobre la ley y la sociedad. Sienten satisfacción arraigada en su narcisismo y su racionalidad. En una escala de matices, un psicópata puede “amar” a su hijo, precisamente por la condición de ser su hijo. Por ello, pueden sentir una enorme felicidad si se trata de algo que los gratifique, es decir, por sentimientos auto-referenciales.

Lo más curioso de esto, es que un psicópata no es un enfermo, aunque yo diría que tal vez se trate de una enfermedad del alma, o, como dicen algunas curiosas versiones, la psicopatía está dada por la carencia de alma. Son capaces de tener deseos para sí mismos, y los más intensos convierten a las personas en instrumentos para sus fines egoístas, sintiendo a su vez un notable sentido de poder, ya que pueden simular emociones para engañar, atraer y sacar provecho personal de sus fingidos devaneos. En los casos extremos, una patética frialdad los envuelve, y su comportamiento no está atado a causas psicológicas específicas, sino que carecen de la más mínima explicación, simplemente, son así.

Cuando esta condición se une a altos coeficientes de inteligencia,  pueden desarrollar capacidades para el delito organizado, el desfalco y todo lo que implique engaño, dado que son seductores, tranquilos, calculadores y no les afecta lo que serían situaciones tensas para otros. 

Cabe señalar que estamos ante un fenómeno complejo que ya está reclamando una visión más adecuada, por ello se está usando el término “Personalidad psicopática”, dado que abarca mejor la presencia de esos rasgos; podemos agregar entonces que no todo homicida es un psicópata, los que llegan a ese punto de manera impulsiva, pueden arrepentirse, por sentir el daño que hicieron. 

En la vida cotidiana, se pueden manifestar como depredadores en el ámbito amoroso. Durante la primera mitad del siglo XX, cuando la familia era la base de la sociedad, los padres alertaban sobre un personaje muy seductor, que traía la desgracia a las jóvenes, que incautas se dejaban subyugar por los encantos de un hombre bien o mal parecido, eso no importaba, pero que tenía el don de seducir y convencer con su labia y su energía vital, hasta a la más prevenida. 

Sin ir muy lejos, la personalidad psicopática del psiquiatra Edmundo Chirinos, -hoy pagando condena-, es un buen ejemplo; quien fue hasta Rector de nuestra Máxima Casa de Estudios, la Universidad Central de Venezuela, y que sin contar con los atributos físicos que modelan el atractivo masculino en nuestra sociedad, logró engatusar a quienes le rodeaban en el ámbito académico, profesional y personal, para terminar un día como asesino de una paciente, lo cual removió a muchas otras víctimas que estaban en silencio y a recordar eventos extraños en las personas que lo frecuentaban. Posterior a su arresto, un rasgo de mitomanía lo acompañaba, lo cual revelaba su enorme narcisismo, al creer que estaba en control de seguir engañando con su palabra.

 En la literatura es frecuente encontrar estos galanes que asaltaban la honra de jóvenes doncellas y cuando alcanzaban su propósito, huían sin el menor escrúpulo. En la obra “El Hombre de hierro”, el escritor venezolano Rufino Blanco Fombona (1874-1944), dibuja este personaje, en el hombre con quien María traiciona a su esposo Crispín. En la televisión, O Globo nos deleitó con la teleserie: “El primo Basilio”, de la obra del mismo nombre del escritor portugués José María Eça de Queirós (1845-1900), en la cual cuenta como el primo genera un caos al abandonar a su prima Luisa, víctima de un chantaje por parte de su empleada, la cual se entera de la relación adúltera de Luisa con su primo.

Lo curioso de estas historias donjuanescas es que estos comportamientos han sido comprendidos como un rasgo del fenómeno machista, de la tradicional ventaja que han tenido los hombres sobre las mujeres, y que hoy a la luz del conocimiento de este estado psicológico, podemos comprender mejor, como una expresión de psicopatía de estos irresistibles personajes. 

Recuerdo las arengas de mi padre, en mi adolescencia,  advirtiéndonos acerca de esta dañina figura, que se presentaba en las fiestas y enamoraba con su presencia arrolladora a las jóvenes, que quedaban prendadas y capaces de dar su vida por un amor que sólo ellas sentían y que les costaba el dolor de la decepción y la humillación de ser burladas en su más profundo sentimiento. Mi padre los describía como entidades demoníacas que podían ser detectadas por un reflejo luminoso que les salía debajo de la bota del pantalón, -lo cual sugería la punta de la cola del innombrado-, pero que casi nadie lo percibía. No pocas tuvieron que pagar su debilidad con la desgracia del deshonor, el abandono y el engaño, incluso avanzar una vida con el viento en contra que significaba ser madres solteras en una sociedad tradicional, presionada por fuertes valores religiosos. 

Hay algunos especialistas que piensan que esta condición se desarrolla en la infancia, pero lo que podríamos reconocer en este caso es que al ser un trastorno de la personalidad, el ambiente familiar puede suavizar o exacerbar esta condición innata. 

La mayoría de los especialistas argumentan que nacen así, incluso hay referencias de madres atormentadas por psicópatas desde que los tenían en el vientre; lo que sí es un consenso es que no es una condición que pueda remitir, no tiene cura, porque ellos mismos no presentan dolencias de ningún tipo, son las demás personas, las que sufren sus agresiones. 

Aún cuando desarrollen su acción destructiva, pueden pasar inadvertidos porque poseen la cualidad de fingir y funcionar dentro de los cánones del comportamiento social. Ejercen influencia sobre la opinión general, especialmente porque sus discursos se pueden camuflar con el tipo de valores culturales de la sociedad occidental, donde la competitividad y el éxito material son apreciados, o por los valores dominantes de los regímenes totalitarios de la sociedad oriental.

Lo interesante de esto es que hemos podido verificar que hay personas que aún cuando no sean psicópatas en el sentido estricto, -para lo cual deben cumplir con un mínimo de características-, suelen tener algunos de sus rasgos, ser fríos, desapegados y sorprendentemente indiferentes ante ciertas circunstancias; de allí que sea preferible hablar de Personalidad psicopática, como ya señalé anteriormente. En ocasiones me sentía en desventaja ante este tipo de personas, a quienes les importaba un bledo una separación, un accidente o una desgracia.

Sabiendo que son seres incapaces de sentir empatía, hemos de suponer que tampoco comparten la alegría, el amor, ni la felicidad, con lo cual concluyo que los psicópatas son los que están en desventaja. Vivir las emociones socialmente y lo que ellas nos proporcionan en crecimiento espiritual y conexión con los demás, es un tesoro invaluable. 

Es muy basta la diversidad de escenarios que pueden explotar estos personajes, inclinados hacia el mal, causan muchos estragos especialmente en el ámbito político, dictaduras, totalitarismos, corrupción; todos hemos visto ese tipo de comportamiento en las alturas del poder. También se los encuentra entre líderes de sectas, que manejan masas de fanáticos.

Se cuentan historias sobre casos que se manifiestan desde la niñez, una mala semilla que se inicia precozmente y que van ensayando con torturas a animales, daños a personas, enmascarados en dulces caritas infantiles, o por el contrario, con terribles expresiones faciales del mal. Tuve la oportunidad de ver un programa de canal privado, donde presentaron casos de niños que aterrorizaban a sus madres, en el cual se presentó un niño de doce años, cuya expresión facial era de terror y cuya madre presentaba los estragos de una extrema victimización, casi en estado de postración, agotada de la vida que su hijo le ocasionaba, incluso relataba las insoportables patadas que le daba cuando lo tenía en el vientre, y la manera como le destrozó los pezones cuando lo amamantaba; pedía por favor al Estado, que se hiciera cargo de él porque ya no podía soportarlo.

Lo complicado de esta situación es que, aún en presencia de una personalidad psicopática, es prudente evitar diagnosticar esta condición en niños, ya que aún no han desarrollado su personalidad completamente. Sin embargo, estimo que dado el alto porcentaje que alcanzan, deben haber muchos en los episodios que últimamente han tenido un alarmante crecimiento, como es el Bullying, o acoso escolar, y en los acosos perpetrados por Internet.

El cine nos ha presentado buenas producciones al respecto; “Tenemos que hablar de Kevin”, dirigida por Lynne Ramsay, nos presenta un niño que desde bebé mostraba extraños comportamientos hacia la madre, el cual crece ante el desconcierto de su progenitora y la ceguera del padre, hasta que pocos meses antes de cumplir mayoría de edad, asesina a su padre, hermanita y varios compañeros de estudio. Al final, la madre le pregunta porqué lo hizo, y su respuesta desconcertante fue: “No lo sé”. 

En perspectiva, cuando no llegan al asesinato, no tienen razones personales para causar daño a los demás, sólo sienten el deseo y lo cumplen, siempre motivados por el deseo de alcanzar beneficios materiales, o simplemente para ejercer su narcisismo, para lo cual se esconden en situaciones donde es difícil alcanzarlos, el Don Juan desaparece, el estafador huye, el mentiroso engaña de nuevo; muy buenos para dejar a los demás en la estacada, con el argumento: “no le puse un arma en la cabeza”.   

Detectar estas personalidades, es un asunto de seguridad personal, tener conocimiento acerca de la diversidad de expresiones de la psiquis, y como una personalidad psicopática se puede colar entre la gente sensible, nos plantea mínimas prevenciones, especialmente porque en general, las personas parecen sentirse atraídas por la sensualidad de lo oscuro, lo riesgoso, lo emocionante, por lo encantador, lo cual nos hace vulnerables, y para realizar el papel de victimario el psicópata está a la orden del día. 

Como contraparte de este tema, es pertinente señalar que todas las personas padecemos de alguna patología, y la victimización es bastante común, especialmente entre las mujeres, situación que parece servida en bandeja de plata para estos depredadores. Ayer precisamente veía un film ambientado en un pueblito español de 1957, donde se presentaba un diálogo muy revelador:

Él, un tímido maestro de pueblo: "Soy un hombre sin atractivo para las mujeres, siempre he pasado desapercibido, no tengo la capacidad ni la experiencia mundana para galantear".
Ella, una bella mujer de mundo, lo toma por las manos: "No digas eso, tu tienes más valores que cualquiera, tu eres un hombre bueno".
Él, desconsolado: "A las mujeres no les gustan los hombres buenos". 

Quedé impactada, porque un día mi madre me dijo exactamente lo mismo. Al parecer nos atraen situaciones excitantes, peligrosas, imaginativas, figuras que ofrezcan novedades, y un hombre bueno, no parece ser la fuente de tales ideales, o de tales ilusiones. 

El autoconocimiento, la terapia deliberada, y la búsqueda de sanación emocional, nos puede ayudar a alimentar nuestras fortalezas, y a paliar nuestra baja autoestima y sentido de víctima, para no ser tan fácil presa de estos carismáticos, o al menos a detectar sus rasgos y no darlos por simples defectos que debemos tolerar; es imprescindible que sepamos identificar estos detalles de personalidad, que no sólo pueden esconder una psicopatía, sino enfermedades mentales y psicosis, -de estos dos últimos temas hablaremos en otra ocasión.  

Con esto quisiera dejar en el lector un alerta, una reflexión, sobre un comportamiento que quizás vemos a diario y que debido a su familiaridad, podemos calificar como adversidades de la vida, cuando realmente son expresiones que nos ponen en riesgo sin necesidad. 

Yo me pregunto, ya que la personalidad psicopática no tiene cura, ¿qué tal sería la vida de un Don Juan, si las mujeres no se sintieran atraídas por su perverso encanto?, ¿qué sucedería si no nos dejáramos llevar por la ilusión y la avaricia, cuando un estafador se nos acerca?, como este trastorno no es curable, al menos la sociedad víctima puede que sí. 

Este análisis me deja muchas interrogantes, y me hago otra pregunta: ¿será que algún día, este hecho psicológico podrá ser desentrañado, junto con tantos otros temas que hablan tan mal de la especie humana, y con ello poder alcanzar un mundo mejor, el mundo que han soñado los poetas y los hombres justos de la historia?. Un mundo mejor, anhelo que no se ha podido concretar a través de las ideologías, porque éstas nunca buscaron en el ser, sino en el ejercicio del poder, donde los psicópatas y delincuentes nadan como paz en el agua.  

Hay quien afirma que los psicópatas son seres sin alma, meros carapachos orgánicos… Esto me lleva a preguntarme si realmente, ¿todos los seres que habitan el planeta y que percibimos como humanos, lo son?, o, ¿será que somos una diversidad de modelos orgánicos con apariencia humana, que nos debatimos en un escenario de causa-efecto, que favorece el crecimiento espiritual, a través del dolor y hasta del sufrimiento, que provocamos y nos ocasionan?…Pero éste, es tema para otro post. 

viernes, 3 de mayo de 2013

HONRAR A PADRE Y MADRE



Para los católicos, HONRAR A PADRE Y MADRE es un mandamiento, y su desobediencia es pecado. No cabe duda que los padres son los pivotes sobre los cuales descansa y se construye nuestra vida.

Heredamos no sólo las características biológicas, psíquicas y mentales de nuestros padres, sino que aprendemos de ellos sus valores, costumbres y nuestras preferencias y opiniones. Lo realmente relevante es que de esa pareja que nos creó, recibimos una impronta: absorbemos la energía emocional y mental que ellos vivían cuando nos concibieron, cuando estuvimos en el vientre materno y del momento en el cual nacimos; lo que nos hace totalmente reflejo de todo un mundo emocional, que ocurre antes de ver la luz del mundo.

Algo más significativo aún, es que a través de nuestros padres biológicos, nos conectamos con nuestros ancestros, y aunque todos estuviésemos emparentados por un origen humano común, -no descarto una múltiple procedencia del complejo y polémico homo sapiens- en la ramificación de ese árbol genealógico, nos hemos separado de muchos parientes, a quienes consideramos extraños, de otra familia.

Fácilmente podemos imaginar un gran árbol con sus ramas, ramitas, hojas y retoños, donde está la humanidad entera; incluso yo imagino varios árboles, porque creo que la humanidad de este planeta está conectada con humanidades de otros lugares del universo, a su vez unidos a un tronco común.

Según esto, podemos imaginar un camino si seguimos la huella de nuestros padres, sin mucha dificultad podríamos reconocer cómo se parece la nieta a una bisabuela, incluso podremos ver parecidos no necesariamente físicos, sino de personalidad, allí nos daremos cuenta, que vamos cargando con influencias que las visiones superficiales del siglo XVIII y XIX definían como “salto atrás”, y hoy concebimos como simples expresiones genéticas que contenemos y que se hacen presentes por mandatos de la sabiduría universal; todo lo que somos y expresamos, sigue una razón que nuestro entendimiento desconoce.

Si lo analizamos por la ciencia, diríamos que es herencia; si lo vemos desde la lógica común, diríamos que es azar, algo sin importancia; si lo vemos espiritualmente, diríamos que todos estamos conectados y nos afectan las energías de nuestros antepasados; y si lo analizamos desde la visión reencarnacionista, diríamos que somos las mismas almas del pasado que volvemos a un cuerpo físico y traemos muy claras nuestras maneras de ser del pasado.  De cualquier manera no escapamos de aquellas huellas, de aquellos recuerdos, de aquellos pensamientos, emociones, votos, sentencias, creencias, hábitos, incluso no escapamos de las aspiraciones, sueños y compulsiones que afectaron a nuestros antepasados.

No en balde somos una sociedad compleja, porque cargamos sobre los hombros, no sólo la vivencia de la vida actual sino que ante ello, reaccionamos con las referencias del pasado.

Deslastrarnos de las marcas limitantes del pasado, nos vendría bien, para ello se aplican múltiples procedimientos, como la respiración, y de ella la Terapia de Renacimiento, al menos a mí me ha ayudado mucho. El yoga y otras terapias de psicofísicas, las terapias de manejo de energías y limpieza espiritual. Las técnicas de Constelaciones Familiares, y las terapias psicológicas que últimamente plantean novedosos procesos de sanación.

Esta tarea es obligada para toda persona que desee mejorar su vida y crear una nueva perspectiva para sus descendientes, pero hemos de reconocer que los padres son piezas claves en esta liberación. 

Hay quien afirma que la relación con el padre garantiza o limita la prosperidad, y la relación con la madre es la conexión o desconexión con el amor; no lo pongo en duda, esas son las dos fuerzas que bien orientadas y equilibradas proporcionan nuestro sustento en la vida.

Aunque puedo imaginar vidas buenas en personas separadas de sus parientes consanguíneos y asimiladas a otra familia, deploro la minimización que se hace del vínculo energético de un niño con sus padres biológicos, ante lo cual se argumenta que padre o madre es quien cría; esto es lo mismo que afirmar que el bebé no tiene ninguna influencia genética de sus progenitores.

La sociedad latinoamericana padece de una seria patología, la irresponsabilidad paterna, lo cual es pandémica en las áreas populares de estos países. La ausencia de padre, tema que ya he tratado en este Blog, ha producido un síndrome social, que podemos observar en las masas con tendencias mesiánicas, compulsivas e idólatras, que creen ciegamente en promesas y se bloquean ante la realidad, muy fáciles de manipular. Una familia nutritiva y estable no proporcionaría un target apropiado a propuestas violatorias del Derecho, la Dignidad, la Honestidad y la Transparencia que se requiere de un equipo de gobierno de una nación.

Recobrar la trayectoria ancestral para sanar los bloqueos, los atascos que significan las pesadas emociones y marcas de errores severos de nuestros antepasados, es un buen mecanismo para salvar la familia presente y futura, recuperar la luz en nuestros canales comunicacionales ancestrales.

Si la Iglesia católica incluye a los padres en un mandamiento, otros enfoques espirituales y la ciencia no hacen menos. Los padres son el punto central de la familia, y del individuo; no significando con esto que no se tengan actitudes críticas ante la manera disfuncional como crecen muchos niños. 

domingo, 28 de abril de 2013

LA PALABRA PUTA



Dicen que es la profesión más antigua de la humanidad, cosa con la cual disiento, porque no es cierto que la mujer haya sido la primera en ejercer una profesión remunerada; al menos en la sociedad patriarcal y ahora machista, el hombre ha dominado el mundo de los negocios y el dinero.

A pesar de que esta palabra define a la mujer que vende su cuerpo para disfrute sexual de otro, a cambio de un pago en dinero o en especie, -lo cual es una referencia que sólo pone el enfoque en el comportamiento externo de la mujer-, esta palabra contiene un enfoque más profundo, que pone la lupa en la corrupción, en la descomposición del raciocinio que agrede lo más sagrado que tiene una mujer, su intimidad, sus órganos sexuales, creados para la función trascendental de procrear.

No en balde esta actividad femenina ha estado tan cuestionada por la sociedad, -con doble moral o con una sola-, que ha tenido los espacios más oscuros para su manifestación; sin embargo, hay historias antiguas que cuentan de actividades de prostitutas muy refinadas como la hetairas griegas, que tienen sus homólogas en otras culturas del mundo.

En reciente publicidad he leído un texto que dice algo como esto: "Nunca más despreciaré a otra mujer llamándola Puta". Esta afirmación trata de deslastrar la prostitución como insulto a la mujer, incluso afirma que en cada mujer hay una puta escondida, asunto que no discuto, puesto que es un comportamiento humano inevitablemente inscrito en el enfoque arquetípico de Jung.

No obstante, ese no es el asunto, no es excusa para ninguna mujer que escoja este comportamiento, sea cual sea su razón, que la prostitución es un arquetipo, porque si de arquetipos hablamos no terminaríamos de listarlos, y aunque la naturaleza humana posibilite la manifestación de este comportamiento, es una generalización simplista y en determinados contextos, inoperante.

El propósito de estos puntos de vista, suponen una justificación para elevar la prostitución a rango de actividad laboral reconocida legalmente, con lo cual podríamos esperar anuncios públicos de alguna empresa dedicada a estas ocupaciones. Lo irónico del asunto es que con todo ese ímpetu por formalizar en la cultura tamaño desempeño, no puedo imaginar el absurdo que sería que al considerarla una actividad económica más, las mismas mujeres que la ejerzan, o cualquiera otra, se sintiera orgullosa porque en su niñez sus hijas aspiren a ser prostitutas, como se siente una madre cuando su hija desea ser una maestra, ejecutiva, o ingeniera. No me queda más que pensar que ¡se publica cada locura!.

Sobre el argumento de que las prostitutas son trabajadoras sexuales, se ha armado toda una argumentación, que a mi modo de ver recicla aquella sentencia de que la prostitución es un mal necesario, una manera de solapar el deseo de institucionalizarla, enganchados en expresiones extrañamente feministas. Considero que si hay algo que realmente dignifica a la mujer, no es su derecho a ser una prostituta libre de la discriminación que ello conlleva, sino la libertad de escoger su manera de vivir, aún con las opiniones en contra. 

Me sorprende el interés en darle a esta actividad un rango laboral, incluso hay quienes ya las denominan trabajadoras sexuales. No me asombra que la sociedad de los actuales momentos se abra a proyectos tan sui generis, hoy podemos observar luchas en pro de las causas más inverosímiles.

Cuando estuve consciente de este término, experimenté un sentimiento de estupor, al imaginarme el estremecido mundo emocional de una mujer que tuviera la necesidad de vender su cuerpo para sobrevivir; sin embargo, no todas tienen este motivo, podía imaginar que habían mujeres que no tenían ningún prurito, incluso que podían disfrutar de esa manera de ganar dinero, y ganarlo en grandes cantidades. A lo que hago referencia es al valor que tiene el cuerpo como contenedor de creencias, pensamientos, sentimientos y emociones, además de una gran carga de hormonas, lo cual incorpora la dignidad, el respeto y la reverencia que le prodigamos a la intimidad, al sentido oculto de la vagina, a ese espacio privado que significa el inicio, asiento y la procreación de los hijos, de las nuevas generaciones.

Las religiones colocan en este aspecto el punto central de la espiritualidad, de allí las diversas doctrinas cargadas de mandamientos, sacramentos, rituales, prácticas, sentencias y tradiciones que danzan en torno a la sexualidad.

Es paradójico, pero muy comprensible, que en los últimos tiempos la palabra puta, como insulto, está adquiriendo otra aplicación, se expande a contextos diversos, es decir, no está estrictamente reservada a las prostitutas clásicas, sino a mujeres que se corrompen en cualquier ámbito de la vida, quienes trafican influencias, quien daña a cambio de satisfacciones personales, quien traiciona la confianza, quien realiza acciones fraudulentas, o en cualquier felonía que incurra una mujer; aunque una novia o esposa airada, siempre calificará de puta a la amante de su pareja, aunque la susodicha sea la más pudorosa criatura. También se señala de puta a la mujer casada que tiene relaciones extramaritales, y a las chicas que suelen manifestar tendencias promiscuas, aunque el sexo no signifique intercambio comercial.

Tal vez con esto se esté rescatando aquella expresión popular que hacía referencia a las “mujeres de la mala vida”, o “mujer mala”; no cabe duda que una mujer corrupta es una mujer muy mala, mucho peor que muchas mujeres atrapadas en la cadena de explotación sexual, que suele envenenar a la grandes ciudades del mundo.

miércoles, 10 de abril de 2013

¿POR QUÉ LA FELICIDAD NOS HACE LLORAR?

 

 En días pasados, una agradable persona que me presentó un querido amigo por correo electrónico, comentó que siempre había tenido la curiosidad de saber porqué la felicidad nos hace llorar, y aunque no se trataba de lo mismo, me hizo recordar, que cuando era niña, -muy pequeñita, tal vez de cuatro años-, sentí un ruido extraño en el cuarto de mi madre, al cual no me dejaban entrar sin permiso, pero cuando me acerqué atraída por el sonido, sentí un llanto muy bajito, me acerqué más y supe que alguien lloraba; me llené de valor y entré de repente al cuarto y allí estaba mi madre sentada al borde de la cama con las manos cubriendo su cara, llorando desconsolada.

Mi reacción fue desesperada, corrí hacia ella, la abracé por el cuello y le gritaba ¡NO, NO, NO!, y me puse a llorar con ella, así estuvimos muchísimo rato, mojándonos mutuamente, mi madre no me contestó mi desesperada pregunta, ¿qué le pasa, qué le pasa?, sólo me secaba la cara y me abrazaba.

Este recuerdo me hace saltar incontrolables chorritos de agua salada por mis mejillas, mala costumbre de los humanos, de revivir experiencias oculares, por conducto de nuestra memoria.

 Ese momento fue muy impactante para mí, yo no sabía que los adultos lloraban, veía que los niños lo hacían, por varias razones, y era natural, pero creía que los adultos eran seres superiores, capaces de controlarlo todo, como era mi padre, y que siendo el llanto un signo de debilidad, ya había sido superado por los que se habían alejado de la niñez. Tamaño engaño tenía, pues ahora creo que los adultos tienen más razones que los niños para llorar. Los adultos lloran por todo, por las tristezas y las alegrías, por las pérdidas y los logros, por las separaciones y los encuentros, por la soledad y la compañía, no hay límite.

El llanto es un proceso complejo que implica funciones biológicas, psicológicas, sociales, culturales y hasta ambientales, lo cual implica condiciones bioquímicas, creencias y aprendizajes. Sin embargo, debo aclarar que estos factores se entrelazan en todos los procesos humanos, no son exclusivos del llanto.

A estos factores, yo le agrego el factor espiritual, que también nos conmueve y hace brotar nuestras lágrimas.

Las causas del llanto entonces están ligadas a valores subjetivos dictados por las creencias que hemos adquirido, los valores y principios que nos sustentan, y a razones orgánicas, como un dolor físico o sentimental.

El llanto producido por un dolor físico depende del umbral alto o bajo que la persona tenga para resistirlo, lo cual es una condición orgánica, pero el llanto como expresión emocional está ligado a la valoración que le damos al hecho que nos lo causa.

 El asunto es que el hecho nunca lo experimentamos de manera pura, todo lo que vivimos lo asociamos con otras imágenes, otras ideas, recuerdos, que se disparan juntos, entonces podemos estar en un festejo, una graduación, lo cual debería provocarnos dicha, y resulta que de manera inconsciente, pulsan recuerdos de alguien que ya no está, un pariente que se murió, o recordamos lo difícil que fue lograr el grado, el estrés por la defensa de la tesis, las dificultades que tuvimos cuando estudiábamos y un sin fin de problemas que hacen reflejo de las cosas dolorosas que nos ocurrieron, y que condicionan la expresión emocional del evento.

Los momentos felices, las gratificaciones, las cosas agradables están contaminados con tristezas, eventos que no volverán, deseos de volver a vivir una experiencia, duelos que hacen la vida una confusión. Tal vez si sólo pensamos que las lágrimas no son exclusivas de la tristeza, sino que son desahogos de emociones intensas, lo comprenderemos mejor, especialmente porque cuando nos alegramos generamos un proceso químico que nos recorre el cuerpo hasta que explota en los ojos, el espejo del alma. Las lágrimas vienen a ser un canal de desintoxicación, quien no llora no resuelve, no suelta, no se libera.

 El llanto es expresión de un estado emocional, no importa si es de un tipo o de otro; es la cultura la que ha elaborado diferencias, en la manera de manifestar las emociones y los estados de animo. Esto se debe a que hemos acordado que cuando alguien ríe está contento, y si llora está triste, sin embargo, hay emociones placenteras que no tienen una manera propia de expresión, unas lindas palabras de un amigo, que comunican el afecto que siente por nosotros, pueden disparar muchos recuerdos, que no se volverán a vivir, lejanos en el pasado, y eso no se puede expresar sino a través de un brillo acuoso en los ojos.

martes, 2 de abril de 2013

LA SOCIEDAD HERIDA


Para la mentalidad occidental y especialmente latinoamericana, la ausencia de padre en la familia no es percibida como grave, tal vez se deba a que lo cotidiano desdibuja lo importante. La familia de estas latitudes tiene una herida profunda y no lo sabe, y en algunos sectores sociales el asunto es tan intenso que científicamente la familia no existe, debido a la descomposición social que padecen. 

En medio de una diversidad de factores, la mujer ha tenido que cubrir las faltas paternas, incluso en ciertos niveles sociales con una notable soberbia; la mujer asume todas las responsabilidades sola, al negarse a demandar el cumplimiento de los deberes del padre de sus hijos, una vez separados. Un falso orgullo que contribuye a la irresponsabilidad paterna.

Por ignorancia y como respuesta a sus propios complejos psicológicos, confunde la relación de ella y su ex pareja, con la relación del padre con su hijo; un innegable vínculo con el trastorno propio, a su vez por falta padre, con quien se desenvuelve la imagen masculina de la niña en los primeros años.

Si nos remontamos en la historia, el Padre de familia ha sido una figura representativa de sociedades muy vinculadas a tradiciones religiosas, y con sólo mencionarlo vienen a mi pensamiento los patriarcas hebreos, organizadores y custodios de la unión familiar, como centro de los acontecimientos vitales y trascendentales.

A esto se llama Patriarcado, al sistema de organización que parte de la familia y se extiende a la administración de bienes y actividades económicas, donde participan personas ajenas a la relación consanguínea; el padre es el guía, el proveedor, el que deja la herencia, el que distribuye y ordena la manera de relacionarse en lo sucesivo. De esa tradición judía deviene la moral cristiana, la cual centra en el sacramento del Matrimonio, los deberes y derechos de la pareja y los descendientes.

En Latinoamérica el jefe de familia asumido por el padre, se cimentó básicamente sobre el carácter machista de la función proveedora. Quien trae el sustento a casa es el que manda; al menos hasta la primera mitad del siglo pasado, la familia estaba gobernada por el padre, una manera de organización atada a las condiciones aún agrícolas de aquellos tiempos, aunque ya despojados del antiguo carácter patriarcal debido a la aparición del Estado. 
    
Los aires urbanísticos introdujeron cambios notables para las condiciones de la mujer, y las oportunidades de trabajo remunerado fuera de casa no se hicieron esperar. Para bien y para mal, la familia quedó herida, fracturada, el hombre fue desdibujando la responsabilidad de su papel, la mujer imitó el modelo masculino, el único que conoce como modelo exitoso, y se empieza a desencadenar un proceso multifactorial que ha hecho decir a muchos hoy, que tenemos una sociedad en crisis, la familia, la célula de la sociedad se nos quebró. 

Lo positivo del asunto es que gracias a estos cambios también tuvimos acceso a estudios de alto nivel y hoy contamos con notables expertos que pulsan la realidad psicosocial. Sabemos la relevancia que tiene promover la salud emocional de los hijos, y esto está ligado a la presencia nutritiva del padre y la madre. 

En la cultura latinoamericana, específicamente en Venezuela, el asunto es realmente dramático, debido a la ausencia o mórbida presencia del hombre en las relaciones de familia. El drama a que hago referencia se debe a la baja calidad de la formación y equilibrio del hombre latinoamericano para dirigir una familia. Varios factores han creado un síndrome personal que se hace social por su incidencia: La falta de padre, aunque yo sería más específica: LA FALTA DE BUEN PADRE.

Aún evitando lugares comunes, debo señalar que nuestro origen cultural es el factor fundamental de nuestra realidad actual, múltiples factores asociados al choque de tres culturas: desarraigadas la europea y la africana, y destruida la autóctona, no se podría esperar una organización familiar sólida y estable. No tenemos una tradición ancestral, carecemos de una referencia constructiva que nos identifique, tal vez por eso somos tan olvidadizos, no tenemos qué recordar, ni queremos hacerlo. 

Alguien dijo que nos mueve una motivación presentista o pragmática, nos es difícil planear al largo plazo; otro dijo: “sufrimos del Complejo de Adán”, siempre arrancando desde cero, creyéndonos los primeros, los pioneros, por eso no consolidamos proyectos iniciados por otros. Vamos en un continuo derrumbar y empezar, como ha sido nuestra intermitente o interrumpida historia política.    

Hoy sorprende como la fuerza del machismo, expresada en todos los ámbitos de la vida nacional, el abandono voluntario, el alcoholismo y la violencia doméstica, la desdibujada referencia religiosa, la deficiente responsabilidad civil, la escasa formación profesional y especialmente la ausencia de una ética personal, son los efectos de la falta de un buen padre: de un orientador calificado.

Un día, cuando estudiaba en la UCV, me sorprendió una afirmación que hacían unas líderes feministas, cuando acusaban a la madre del machismo de sus hijos, ya que era ella y sólo ella la que los criaba. Yo me resistí a creer eso, un argumento por demás machista, buscaba a alguien a quien llevar a la horca, y allí estaba la mujer para oír los desplantes de otras mujeres que las acusaban de mantenedoras del status quo, sobraban razones para percibir un discurso ideológico en aquellas agresiones. 

No obstante, la vida y el destino de la mujer están unidos al hombre, y la cultura los envuelve de la misma manera, por ello el origen de la irresponsabilidad paterna la veía, más relacionada con la falta de identidad del varón con un proyecto grupal y nacional vinculado a un valor sobre su descendencia, el valor de su linaje; cosa que poco trajeron, muchos de los españoles en el siglo XVI, cuando llegaron solos, aventurando, masacrando, violando mujeres indígenas, africanas y hasta españolas, carentes de una filosofía de vida, de una referencia trascendente, y teniendo en sus manos el poder político y económico, o la libertad que tiene un hombre sin tener a quien cuidar.

En la actualidad, la ausencia de un buen padre de familia, ha conducido a que los hijos sean criados por la madre, quien asume equivocadamente que ella es padre y madre, cuando no es lo uno ni lo otro. Que la madre asuma la paternidad es imposible, a lo sumo llega a concretarse en el papel de proveedora, y asumir la maternidad reducida a escasos momentos del día, lo cual deja mal parada su efectividad. Argumentar que su función tiene calidad y no cantidad, es autoengaño, un invento para acallar la culpa, aunque reconozco que hay heroínas que lo logran, especialmente cuando tienen la sensibilidad y la humildad de informarse adecuadamente, para ejercer su desempeño. La salida de la mujer al campo laboral fuera de casa contribuyó a dejar la formación de los hijos en manos de niñeras no calificadas, y ahora en manos de empleadas de guarderías.

Esta prevalencia del papel “padre-madre” de la mujer, ha hecho concebir una garrafalada cuando afirma que la sociedad venezolana es matriarcal. El matriarcado sería el dominio de la figura femenina en la conducción familiar y social, incluyendo al hombre, pero tomar las riendas de la familia en ausencia del hombre no es matriarcado, es desorden familiar. Recuerdo una ocasión cuando una amiga divorciada, argumentaba muy enojada, que su hijo no tenía ninguna influencia de su padre porque se divorció cuando éste tenía un año, yo le repliqué que precisamente por no haber estado presente, el padre había dejado una gran influencia, en este caso, un gran vacío. 

El tema laboral de la mujer, a lo cual tiene derecho, no hubiese sido tan problemático para los hijos, de contar con una pareja comprometida con la familia que estaban formando, como se observa hoy en las parejas divorciadas que asumen con responsabilidad la formación integral de sus descendientes.  

Los fenómenos psicosociales en general, que se producen en la cultura latinoamericana están atados a esta historia, y son terriblemente manifiestos cuando se trata de manipulaciones populistas, donde se ponen de relieve las carencias afectivas y por ende el mesianismo, la reivindicación social, la referencia de una figura masculina protectora, de la cual se ha carecido por cinco siglos; muy poco tiempo para haberlo superado, sin contar con los sucesivos desajustes sociales que han impedido una adecuada formación social.

La necesidad de padre, es para el venezolano una actitud natural, aunque hay sus excepciones; la figura masculina que representa esta autoridad, es deseada o soñada como protectora, heroica, dulce, solidaria, comprensiva, confiable, simpática, accesible, cualidades que han brillado por su ausencia en la vida de los niños que hemos sido. 

Tener un “Padre de la patria” y un “Padre de la democracia”, no revela la cuantía de la carencia paternal venezolana, porque éstas son expresiones universales; donde se manifiesta realmente este síndrome, es en la identificación fanática, casi posesa, con figuras políticas que emergen con un discurso reivindicador de derechos, y el más sensible de los temas colectivos: la pobreza. Porque hay una pobreza afectiva alargada por generaciones, una carencia de continuidad, un sentimiento de víctima, que sustentan estos fanatismos.

Una buena idea sería estructurar caminos para la instauración de un sistema de valores en apoyo a la familia, la pareja y los hijos, basado en un análisis crítico de la historia familiar venezolana; eso contribuiría a generar una liberación de las ataduras y chantajes emocionales que nos hacemos nosotros mismos. Abundan los estudios científicos con sustanciales hallazgos sobre los efectos de la falta de Padre, con mayúsculas, individuos carentes, desajustados y casi desahuciados para la vida. 

Es inquietante ver como ahora el conocimiento médico se presta al negocio de la producción en serie de hijos sin padre, que hoy están promoviendo las mujeres que desean hijos, y desean sólo una gota de semen de un donador; una manera segura de negarle de antemano el derecho del hijo a conocer a su progenitor. Nadie piensa en el ser que va a resultar de esta negociación, el embrión es cosificado en el formato de un proyecto médico y personal, muy de moda en el ámbito de mujeres que no quieren una pareja sino un hijo, entre ellas, ejecutivas, artistas o cualquiera otra que lo pueda financiar.

Está suficientemente registrado, la cantidad de embriones abandonados que resultan de proyectos de parejas con problemas de fertilidad, una vez que éstas decidieron separarse antes de la implantación de los embriones; lo mismo sucede con negociaciones de mujeres que alquilan sus vientres a parejas que desean hijos, si sólo ocurre alguna desavenencia o la pareja se divorcia, aquel no nato queda huérfano por cambio de planes. La procreación parece un juego de gustos y disgustos. 

Ante estas condiciones, que han transformado lo que entendíamos como familia, podemos tener la tentación de afirmar que esta institución está pasando por procesos irreversibles y augurar una nueva manera de relacionarnos en el futuro. La verdad es que no siento que los humanos estemos en condiciones de estructurar nuevas maneras que satisfagan el orden emocional como lo hace un grupo tan vital como la familia, dirigida por una pareja responsable, incluso ya existen experiencias en diversidad de formas de relacionarse en pareja que han conducido al fracaso; matrimonios libres, comunas, convivencias colectivas, el poliamor, las cuales desdibujan el línea paterna y materna y confunde inevitablemente al niño.  

Es paradójico que siendo la sociedad tan sobrada y notoriamente masculina, sea precisamente la figura masculina la que está ausente en la familia, el centro generador del fenómeno social. Hoy vemos con estupor la manifestaciones más extremas de la insanía emocional de quienes ejercen funciones públicas, atrapados en delirios insospechados y aplaudidos sin remedio, por masas posesas del mismo mal.

Negar el análisis histórico por pertenecer al pasado es un error, desconocer el origen del problema desubica el presente, y aunque la madurez de una persona no se mide por la historia de una cultura, no podemos desconocer que ésta, arrastra la causa de una sociedad de huérfanos con padres vivos.  Hace tiempo que fue la hora, de que el hombre planifique y se ocupe de sus hijos, y deje de ser sólo padrote, y que las mujeres despierten, antes de que la regla les falte.