jueves, 7 de marzo de 2013

LA MUERTE. La vida es un tiempo que Dios nos da para que construyamos nuestra manera de morir.


Cobra atención el deceso de alguien, especialmente cuando se trata de un personaje público y además polémico; en este caso las reacciones se multiplican, puesto que se mezclan las razones, las emociones y el fanatismo.

Qué dolor tan grande sentí cuando supe que Freddy Mercury había sucumbido ante una enfermedad tan cruel y desconocida hasta entonces, y de paso con un estigma tan brutal: Cáncer gay.

La ciencia y la religión unidas en una definición acusadora, que causaba el desplome de una persona tan linda como Freddy, talentosa, que nos había regalado su voz, su arte y su presencia aunque no nos conociera. Dolor intenso por perder la fuente de una vocación por la belleza y por dar su música a quien como yo, no tuve acceso a sus conciertos. Pero la muerte es así, llega cuando tiene que llegar, seguro que Dios quería un buen concierto en el cielo.

En mi experiencia personal, la verdad es que no he visto morir a nadie, a pesar de que estuve en casa de mi madre cuando se fue, pero no resistía estar oyendo su respiración entrecortada; puedo afirmar que cuando eso ocurre a un ser tan amado, es “el crujir de dientes”, del cual habla Jesús. El fin del mundo llega cuando menos nos percatamos, a través de la separación afectiva.

Pero hay muchas muertes en nuestras vidas, muertecitas, que se expresan cuando salimos de un trabajo sin quererlo, cuando nos quedamos desempleados y el mundo se nos viene abajo junto a hijos pequeños, cuando perdemos la vivienda y nos quedamos en la calle, cuando sobreviene una enfermedad, un accidente, un asalto, cuando se plantea un divorcio, y muchas otras maneras de morir, sin dejar de respirar.

Esas muertecitas hacen un gran peñasco, y depende de nosotros saberlo disminuir, si cargamos con él nos pesa de tal manera que nos debilita y nos impide seguir, pero si lo vamos aminorando, podemos aligerar la carga y seguir viviendo, si se quiere sanos.

Es notable que en una sociedad católica, digamos, creyente de un más allá donde todos iremos al morir, la muerte detenga los sentimientos adversos que habían cuando la persona en cuestión estaba viva; la gente parece no querer meterse en profundidades  y calla, es natural, la muerte convoca al silencio.

Se trata de algo que se ha dado a conocer como El temor de Dios, el reconocimiento de que somos parte de un designio todopoderoso que nos pide cuentas cuando menos lo esperamos, y ese momento es la antesala de la muerte.

Hemos figurado muchas escenas al respecto, incluso serios argumentos científicos, -porque hay argumentos científicos que no lo son- han llegado a la conclusión de que existe vida después de la muerte y que a cada proceso de muerte hay un proceso de reflexión, revisión de lo hecho en la vida, lo cual causa un inmenso dolor, el dolor del arrepentimiento, de haber hecho cosas indebidas, y lo indebido pasa por haber causado daño a otros.

Otros arrepentimientos circulan por el dolor de habernos abstenido de ser felices, por habernos impuesto tareas desmesuradas, por haber abusado de nosotros mismos. Sin contar con el impacto moral que puede causar un evento deshonesto; el asunto es que cuando estamos disfrutando de la vida, o cuando incluso estamos en un grave problema, podemos caer en la tentación inmediatista de disfrutar un beneficio sin merecerlo.  

Es por ello que el temor que podemos desarrollar ante una encrucijada mortal, nos debe pasear por la obligatoriedad de sustentarlo en un temor diario a la vida, un temor a no ser justos, a engañar, a obtener ventajas de las debilidades ajenas, de aprovecharnos de las oportunidades institucionales, de evadir nuestros deberes, de ser indolentes ante la vida ajena, de ser deshonestos, y definitivamente, de sembrar malas semillas, que darán los frutos inevitables de una cosecha sólo nuestra.

Quien no siente ese temor vital, se resbala inevitablemente por el vacío de su propio destino, y no es culpa de nadie sino de sí mismo. Ante la muerte vale el silencio y la presencia, pero la muerte por sí misma no reivindica a nadie, la muerte es sólo un fin de tiempo, un basta de vida, y tendríamos que estar bien con la vida, porque todos morimos de la misma manera como vivimos, es simple matemática. La vida es un tiempo que Dios nos da para que construyamos nuestra manera de morir.

Ante esto, podemos concluir que las dolencias y padecimientos de salud, son las maneras arquetípicas en las cuales se desencadenan nuestras miserias, y que al ser así no nos queda más que sanarnos y volvernos a sanar, evitar principalmente el cultivo de emociones que nos desgasten, antes llamadas negativas, pero que su negatividad surge cuando se instalan a destiempo; llorar por la pérdida de un ser querido es positivo, pero quedarse llorando más del tiempo necesario es negativo.

Mantener recuerdos dolorosos, rencores, odios, deseos de venganza, no cabe duda que conduce a una morbilidad segura, de allí la sabia recomendación de resolver los asuntos pendientes, para sentir en vida la tranquilidad que va a sembrar el camino que conducirá al final de nuestros días.

Ante lo trascendental del tema de la vida y la muerte, nos quedamos consternados por la infinita pequeñez del ser humano ante un evento tan misterioso y un espacio exclusivo de Dios. Sólo Dios nos sustenta en este tránsito, pero ello depende de si nosotros lo hemos sustentado en nuestro corazón, y no es que Dios nos abandona, somos nosotros quienes lo abandonamos.   

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