miércoles, 27 de febrero de 2013

LA MAGIA DE LA PALABRA


"Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza;…”Génesis 1:26

Todos podemos estar de acuerdo con la gran complejidad que implica nuestra condición humana, y cuestionar la palabra sagrada predominante de nuestra cultura y la de otras culturas, sin embargo, el don de la palabra es sin duda, una habilidad no sólo comunicativa sino esencial, movilizadora de acciones.

Para muchos, y en esto me extiendo al mundo, en cuyo caso son millones, la palabra pronunciada, encierra un secreto vital, lo que decimos convoca su ejecución, por ello los hindúes se cuidan de pronunciar sus miedos, porque son decretos que se hacen realidad. No obstante, hay quienes no le dan ningún valor, y sólo la respetan si está escrita, extraña manera de dividir la realidad.

La Programación Neurolingüistica, nos previene de cuidar nuestro pensamiento porque que se convierte en palabra, y la palabra en destino; esto ha favorecido el desarrollo personal. Quien lo contradice es porque no lo ha querido comprobar.

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Génesis 1:1 

Con la fuerza del verbo se hizo el mundo, el sonido, las notas musicales, la vibración de la voz, la sentencia divina, como lo querramos imaginar, se creó un impacto estelar, como cuando saltan los critales por efecto de un tono específico y sostenido de la voz, un big bang en miniatura.    

La palabra es una llave que abre o cierra procesos, que libera o aprisiona, porque la palabra no es sólo lo que se dice sino lo que se oculta, hay palabras que en el silencio gritan tan alto que se escuchan. Un secreto es una punzada directa al corazón, es la alternativa de quienes se ven prisioneros de sus desgracias, de estar en el lugar, en el momento y con las personas equivocadas, o más bien, con sus verdugos. 

Dicen que las palabras se las lleva el viento, y es muy cierto, me imagino una sopa de palabras en el aire, chocando unas con otras, arremolinándose en grupitos, rechazándose por idiomas, ordenándose por ideas, me las imagino con manitas extendidas alcanzándose en la distancia, hasta formar una idea, para luego venir en una dirección inequívoca, la cabeza de quien las pronunció, como goomerang propicio, para regalarle a su creador el producto que les dió vida. Esto lo recoge la sabiduría popular cuando dice: "El que escupe para arriba en la cara le cae".

Hay palabras engañosas, manipuladoras, que adormecen y logran beneficios de los engañados, y también hay palabras que desengañan, verdades dolorosas que nos hacen perder la confianza y la esperanza.

Hay palabras dulces, dichas desde el corazón, verdades que expresan sentimientos, y que se suelen conservar como tesoros en estuche.

Hay mentiras piadosas, que tienen la virtud de salvar la integridad de alguien en un momento crucial. Por eso su uso sólo es propicio en momentos o situaciones muy especiales. Me viene a la memoria la escena de la película: “Zorba, el griego”, cuando Zorba (Anthony Quinn) atendía a Hortensia (Lila Petrova), en su tránsito moribundo. Sin embargo, las mentiras piadosas a veces son usadas como excusa para esconder irresponsabilidad.   

La palabra también es un valor, cuando se usa para expresar honestidad, quien cumple su palabra es un caballero, o una dama, como se usa indistintamente para declarar la nobleza de hombres y mujeres.

Hay palabras que salen de la boca de manera incontinente, expresión de locura y desliz, muy frecuente en totalitarismos desquiciados.

Hay palabras puras, pronunciadas en la infancia, voces de niños que nos alegran la vida.

Hay palabras vacías, que no dicen absolutamente nada, palabras que no tienen respaldo emocional, que se usan como elástica que mantiene vínculos formales.

Hay palabras que despiertan conciencia, letras de canciones, poesías que estremecen, ideas leídas en buenos libros, como dice la conseja, tiempo enriquecido para el lector, nutriente que perdura hasta generaciones.  

Hay palabras que matan y palabras que reviven, palabras que animan y palabras que quiebran, palabras de renuncia y palabras de compromiso, palabras oportunas y palabras a destiempo. 

Hay palabras que regulan, leyes obligadas, palabras que sentencian inocentes, dictámenes de condenas que ajustician sin razón.  

Hay palabras vibrantes, que sólo se expresan con gritos, son las que exclaman los oprimidos, los enojados, los injuriados, y hoy los indignados.

También hay “malas palabras”, sentenciadas por vulgares, que siempre agreden y que lucen muy mal en boca de cualquiera; sin embargo, hay momentos en los cuales son efectivas para expresar la fuerza que se anida en el interior, y terminan por explotar en la garganta del afectado.

Hay palabras inoportunas, que estremecen sin sentido, y al pronunciarse ya no se pueden borrar, porque las palabras que tienen significado emocional quedan en la memoria.

La palabra, don que nos diferencia de las demás especies, es un brazo de nuestra condición de seres con capacidad de raciocinio, es sólo un ejercicio de crecimiento, para mostrarnos nuestras fallas y aciertos, nuestros impulsos y pasividades, nuestras sinceridades y omisiones, por ello, para que sean productivas deben sustentarse sobre cuatro pilares: la necesidad o utilidad, la oportunidad, el interlocutor y la honestidad.

Miguel Ruiz nos aconseja que seamos pulcros con la palabra, por muy sabias razones.

domingo, 24 de febrero de 2013

DE CÓMO MAMAJI ENDURECIÓ SU CORAZÓN

Shaila creció en un hogar que guardaba las tradiciones, era una joven brillante, hacedora de todas las artes dadas a la mujer india de casta, alegre, dispuesta, enérgica y vivaz; querida por sus padres, ordenada, pulcra y graciosa.

Ya cercana a su adolescencia, la familia se dispuso a realizar los trámites para encontrarle el mejor marido que fuese posible, el gurú cercano a la familia, se encargó del asunto, y pronto tenían al candidato. Se trataba de un proceso delicado, había que demostrar altura, pero no tanta, a fin de evitar que se afincaran en la dote que el padre de Shaila debía proporcionar a la familia del novio.

Fueron momentos tensos, la visita, conocer a los miembros de la familia, mientras ella permanecía callada, sólo dispuesta a pronunciar palabra si fuera interrogada. Su corazón estaba apretado, presentía que este acto no conduciría a su felicidad, pero no podía oponerse, los adultos tenían la palabra y los ancianos la decisión, era conveniente comprometer a los hijos muy jóvenes, para que no se distraigan y se entusiasmen con otras ideas, las que vienen del extranjero. Pero Shaila era aún muy jovencita, podían esperar para realizar el casamiento.

Un día de paseo a la luz del sol y de alegres cantos de pajaritos, Shaila conoció a un joven que robó su corazón; aunque era compatible con su casta, ella ya estaba comprometida, y ese pacto familiar era indisoluble. Se encontraba en una situación bastante delicada. No obstante, salía a escondidas para verse con su amado, y ya, cuando se aproximaba la fecha de su boda contractual, huye de su casa con su amado.

La familia queda petrificada ante la noticia, sin embargo, los hombres de la familia salen en su cacería, y logran dar con ellos, ella, al verse acorralada y por temor a que maten a su amado, decide regresar a casa y someterse al designio de su destino, escrito y ejecutado por los jefes de la familia, vehementemente apegados a la tradición.

Su amado fue castigado por tal desobediencia, expulsado de su casta Brahman, la cual reconquista posteriormente, después de mucho sufrimiento por quedar exiliado tanto tiempo. Ella se casa con el marido convencional, después de momentos angustiosos propios de una mujer embarazada, ya llevaba en su vientre el fruto de su amor contrariado.

Nadie se percata de lo sucedido, y el marido asume una paternidad inmediata y celebra el anuncio de la llegada de un hijo que desea varón, premio añorado por las parejas, y consagrado por los Dioses a quien tuviera merecimiento.

Cuando nace un varón, la madre es más apreciada por sus suegros, y los padres se sienten orgullosos de tal felicidad. Pero Shaila se siente prisionera, traicionada, superada por su debilidad femenina y por la rígida disciplina hindú. Bulle en sus venas, el reconcomio de su prisión y la humillación de su contrariedad, la luz de sus pupilas se van haciendo opacas, y su cara asume un rictus desagradable, recalcitrante, altivo e indolente.

El destino le reserva un mal mayor, su marido muere antes del parto, razón por la cual no puede tirarse a la pira con su cadáver, y emprende la vida estigmatizada de las viudas indias, a quienes es negado todo derecho a herencia, les ordenan vestirse de blanco, raparse la cabeza al momento de la muerte del marido, y cambiar la señal de la frente; señas con las cuales la identificará la sociedad.

El nacimiento de un varón mejora su condición, como no se puede volver a casar no tiene más hijos, sólo el que la naturaleza le concedió antes de su matrimonio y que ocupa el rango de primogénito de su marido, con los derechos materiales de la heredad.

Ya pasados muchos años, casi en la ancianidad, Shaila tiene una nuera con tres hijos varones y tres hembras, habita una gran mansión, donde también vive su cuñado, y ahora, las esposas de sus nietos. Es una mujer dura, amargada, odiosa, pesada, sólo habla para agredir, cuestionar y descalificar a su nuera, a quien siempre acusa de ser culpable de los desvaríos de sus hijos, quienes buscan caminos alternativos para zafarse de los designios de la tradición.

Tanto Shaila como su amado, sufrieron los embates de las decisiones de la familia y de la casta, ella lo sufrió día a día, toda una vida como viuda, y él dedicándose a su recuperación, en cuyo proceso se puso en contacto con la gente paria de la India, los dalits, los que recogen el estiércol humano en las calles y lavan los baños y suciedades de las castas.

Él se siente a estas alturas, un hombre sabio, de carácter, defensor de la igualdad de la sociedad india y con ello protector de los dalits. Su vida la dedicó a superarse, a rescatarse y su carácter ha forjado una claridad y un criterio de justicia bastante notable, ella en cambio, es la personificación de la amargura.

No cabe duda que por quedar viuda tan prematuramente, la vida de Shaila ha sido un castigo, a su modo de ver, así lo considera, y ya en la vejez, al reencontrase con aquel remoto amor, no deja de apuntar hacia él con las más duras expresiones y la más fría proyección de sus sentimientos. Ella llevó la parte más dura del destino que correspondía a los dos, sin embargo, este sabio no entiende el porqué de su actitud, porque tampoco sabe que ella tuvo un hijo suyo.

Tal vez una nueva huida hubiera salvado a Shaila, pero esto no se planteó, la familia fue más fuerte, y su amado se rindió ante su impotencia de cambiar la situación.

Cabe notar que este fenómeno es universal o arquetípico, el ocultamiento de la paternidad de un hijo en camino; violaciones de las normas sagradas y convencionales que seguirán siendo motivo de los secretos bien guardados independientemente de la sociedad, cultura o casta.

En la sociedad occidental no ha habido menos rigidez en las estructuras morales y religiosas, a mediados del siglo pasado, se comienza a sentir una liberación tímida que luego se abrió a mucha amplitud, y que hoy se considera como logros de libertad y discernimiento.
      
Llama la atención que las personas que han tenido la audacia de transgredir normas, porque han seguido los dictados de su corazón, y son sometidas a los rigores de sus jueces, se convierten en los mayores defensores de las leyes que los castigaron. Una reacción que parece nacer del deseo de venganza, dirigido equivocadamente hacia quienes también desean liberarse de los rigores tradicionalistas. Son verdaderos baluartes de la continuidad de los valores ancestrales y se erigen en obstáculos insalvables para las nuevas generaciones.

Todos podemos estar de acuerdo, que endurecer el corazón cuesta mucho, así como ablandarlo, ambos propósitos forman parte de un proceso emocional muy complejo. Es cuando el dolor, en lugar de ayudar a comprender la indefensión de los innovadores, se pliega hacia el reforzamiento de la rigurosidad.

Tal vez someterse a la voluntad ajena, crea un odio tan poderoso, que en lo sucesivo se desea estar plantado en el papel del opresor. Esto mismo se observa en el personaje fuerte de la película “Como agua para chocolate”, quien sufrió la renuncia de un amor prohibido, desde su estado de casada, y vuelca sobre su hija menor un despotismo y un destino castrador.

Juzguen suavemente a la gente muy rigurosa, excesivamente pulcra, arraigadamente moralista, totalmente criticona, locamente enjuiciadora, porque oculta algo, con ello sólo reflejan el trauma de su propia mancha, la tortura de un pasado frustrado. 

Este relato está inspirado en la historia que presenta la genial producción brasilera de O Globo: “India, una historia de amor”.