martes, 13 de marzo de 2012

SOLTERAS, DIVORCIADAS, VIUDAS Y...CASADAS


La soltería ha sido uno de los motivos de la mayor preocupación, tanto para los padres de las jóvenes en el pasado, como para las mismas mujeres, ansiosas de encontrar una pareja que las hiciera felices. Aspiración por demás azarosa, pues mi mamá decía: “El matrimonio es una lotería”, y en mis oídos infantiles eso sonaba a imposible, pues mi madre también decía: “Quien juega por necesidad, pierde por obligación”.

Eran muy pocas las veces que mi padre se aventuraba en apostar, mi madre siempre se oponía, y lo hacía en las carreras de caballo, tal vez por ser la afición del zorzal criollo, personaje aún vivo en el imaginario popular en los años cincuenta.


Ya me daba cuenta yo, como las mujeres casadas llevaban una cruz, y el deseo de tener pareja no se correspondía con un matrimonio feliz, pero siempre me daba optimismo pensando en que yo sí iba a encontrar un hombre maravilloso. Me devanaba los sesos en explicarme cómo habían mujeres bonitas casadas con hombres bastante feos, y mi mamá me decía: “Es que feo no existe, siempre hay uno para cada quien” 

Con estas extrañas sentencias crecí en un ambiente hogareño bastante rígido, cercado por el celo de mis padres, lo cual a mi juicio de hoy, me protegió y salvó de muchos riesgos.

En aquellos años cincuenta las jóvenes que conocía sólo aspiraban a casarse, no trabajaban fuera del hogar y menos seguían una carrera, se preparaban para las labores hogareñas después de pasar unos añitos disfrutando su soltería. Yo me fijaba mucho en esas chicas con sus tacones altos, y vestidos pegaditos, con escotes cuadrados, para lucir sus “paletas”, es decir, los omoplatos, bien perfilados, que al parecer eran bastante eróticos, por los comentarios que se hacían entre las mismas mujeres. Mi mamá tenía un cuerpo muy bonito, muy plana en el vientre, delgada en los brazos y espalda y con unas piernas llenitas, siempre era piropeada por las amigas, y ¡Dios Salve! que lo fuera por los amigos, eso era considerado una falta de respeto.   

En esos tiempos no supe de divorcios, era una palabra tabú, no había razón para ellos, pues los hombres, bien machos, dominaban la situación hogareña, y las mujeres no se atrevían a disentir.

Pero no faltaba una que otra que se separara, o que fuera abandonada, y al hacerlo, caía en la lengua de todos, y no por razones concretas, sino porque ingresaba en la lista de mujeres sospechosas; sospechosas de convertirse en “mujer mala”, a menos que hubiera una abuela, un hermano mayor, un pariente que representara a la desdichada.

No entendía cómo era que una mujer por sufrir un abandono, divorciarse y hasta enviudar, podía convertirse en “mala”, eso nunca me lo explicaron, realmente no podían. Difícil escenario para una niña que aspiraba protagonizar un cuento de hadas; poco a poco me di cuenta de que hay muchos comportamientos femeninos que dan noticia de la vida que pueden llevar, observaba a mis compañeras de estudio, unas recatadas, otras, coquetas, atractivas, extrovertidas y hasta las que eran muy atrevidas, que se dejaban tocar por los varones, y eso me desagradaba, especialmente porque esas mismas chicas tenían muy bajo rendimiento académico.

Mi padre siempre se aseguró de darnos lecciones de moralidad, e insistir en que la primera prioridad en nuestra vida eran los estudios, después lo demás, y yo lo asumí tal cual;  un día supe que una amiga tenía novio, me sorprendí, porque no me imaginaba en esa situación, casi de inmediato, ella comenzó a padecer, el novio no la dejaba maquillar, no podía ir a casa de las amigas, casi no podíamos estudiar juntas, y eso me alertó, pensé que eso de ser novia era un negocio muy costoso para la libertad. La verdad es que no tenía sentido, salir del yugo paterno para entrar en el de pareja.

Por eso y por otras causas desconocidas, nunca tuve una relación durante mis estudios universitarios, aunque no era porque no me atrajeran los chicos, la verdad es que no me sentía suficientemente madura para tenderme el cerco de una relación. Pero ya casi terminando la carrera un flechazo inesperado atinó a mi corazón y de allí partió una nueva vida que me trajo hasta aquí, soltera de nuevo por viudez.

Qué maravilla que ahora no son tiempos de listas negras, no soy sospechosa de nada y menos convicta de algo. La sociedad cambió mucho, lo urbano marcó una distinta forma de vida, el anonimato; deseada condición de los conjuntos residenciales caraqueños, la gente comenzó a sentirse protegida del que dirán, tal vez por madurez y responsabilidad personal.

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