domingo, 4 de septiembre de 2011

BIOÉTICA TARDÍA PARA GUATEMALA

Aunque la Bioética surgió en el año 1970, ante la preocupación por la supervivencia humana en el planeta -único y limitado hogar del hombre-, de la mano del científico estadounidense Van Ressenlaer Potter, su primer impacto como idea novedosa fue causado en el ámbito médico, en el cual ya se habían fomentado acciones para proteger a los pacientes de los experimentos científicos, una vez que se descubrieron y sancionaron los delitos de lesa humanidad que realizaron los nazi sobre la población judía durante la segunda guerra mundial.

Lo que en biomedicina se conoció como "Normas para la investigación en seres humanos", fue interpretado luego como bioética, y hasta la fecha la bioética ha tenido en el campo de la biomedicina mucha actividad, con la salvedad de que ahora se reconoce la participación activa de los sujetos de estudio, lo cual hizo cambiar una sencilla pero contundente palabra, en lugar de decir: "investigaciones en seres humanos", lo correcto es decir: "investigaciones con seres humanos"; los investigadores por una parte y los sujetos de investigación por otra, como colaboradores conscientes de sus aportes y derechos.

Esta influencia médica era de esperarse, los seres humanos perciben mejor los asuntos de la propia salud y la muerte, y no parecen ser sensibles a las dimensiones ambientales, no obstante, con el vertiginoso avance de la ciencia médica, la bioética ha tenido un empuje y una presencia inobjetable en los ambitos de la investigación y la docencia.

Hoy somos informados de una triste y ofensiva noticia: durante los años de la década de los cuarenta de siglo pasado, en Guatemala unos científicos estadounidenses realizaron experimentos en presos, prostitutas y otras personas vulnerables, a quienes se les contaminó con sifilis y otras enfermedades venéreas, con fines investigativos. El presidente Obama pidió perdón formalmente ante tal ignominia, pero ya el mal está hecho, y aún parece que hay personas que padecen los efectos de aquel crimen.

Esta malvada tendencia parecía ser una manera de investigar, porque en Tuskegee, Alabama, 399 hombres negros fueron utilizados como simples cobayos para llevar el registro detalle a detalle, de las etapas de desarrollo de la sifilis hasta su desenlace con la muerte. Esto se llevó a cabo durante cuarenta años (1932- 1972), y aunque se conocía la penicilina, nunca les fue aplicado este medicamento. 

Esos sujetos de estudio fueron engañados, les informaron que les estaban haciendo tratamiento, les garantizaban su traslado al centro y ante la evidencia de que no mejoraban sino que seguía empeorando su salud, les decían que ellos tenían la sangre mala.

Este vil estudio fue descubierto por un periodista, cuyo testimonio no fue reconocido y fue sólo cuando éste se puso en contacto con un congresista, cuando logró destapar el crimen que ya era una tradición. A raíz de esta denuncia se generó el famoso Informe Belmont en 1979, para luego establecer mecanismos de supervisión para las investigaciones científicas.

En Venezuela llegamos tarde a la bioética, y aunque ya era conocida por algunos venezolanos que habían realizado estudios fuera del país, y la estaban promoviendo en las aulas de clase, es sólo en el año 1994 cuando el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas CONICIT, se dispuso a desarrollar el proyecto que culminaría en la formalización de un proceso de promoción y control sobre las investigaciones financiadas por el Estado.

Felizmente esta tarea me la signaron a mí, tuve la fortuna de estudiar, investigar y planificar para Venezuela las acciones que llevarían a establecer un Código de Bioética y Bioseguridad y la creación de una Comisión del mismo nombre, que tuvo lugar el 21 de junio del año 1999, después de un intenso trabajo de preparación.

La fortaleza real de la bioética está en asumirla con conciencia. No se justifica que los investigadores que violaron el derecho a la vida en Tuskegee se excusen diciendo que en aquellos tiempos no habían reglamentos bioéticos, cuando es la voz del alma la que nos indica lo que está bien y lo que está mal, que jugar con la vida de otro es delito desde que Caín mató a Abel.

Es por eso que la bioética no se promueve con leyes, a menos que sean contenidos nominales, como aparece en el artículo 110 de nuestra Constitución. La bioética se promueve instando a la responsabilidad personal y la conciencia, y no imponiéndola verticalmente, porque la ética no es heterónoma sino autónoma.

Perdones y más perdones tendrán que seguir pidiendo, quienes han violado la vida, agravado por la vulnerabilidad de las víctimas, quienes hayan abusado de la condición física y emocional de los enfermos, y quienes se hayan hecho de la vista gorda a la hora de presenciar injusticias, que de ninguna manera aportan beneficios a la ciencia ni a la humanidad.    

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